LA OBRA del pintor Xosé Freixanes tiene la morosidad que Ortega y Gasset y Torrente Ballester reclamaban para la novela. Los conceptos de viaje (también a través de la Historia) y de memoria personal logran en sus cuadros un desarrollo y una armonía extraordinarios. Todo ello desde una perspectiva que nunca se desprende de la ironía sutil, de la mirada tierna, de la fascinación por lo diverso, del amor por lo otro y por los otros, para convertirse, a la postre, en una defensa o una reivindicación del mestizaje cultural y humano. Es algo que queda patente en su última exposición, inaugurada este jueves en Madrid, en la galería May Moré. Los cuadros de Freixanes son la resultante de una aguda e intensa reflexión sobre la expresión pictórica, pero también sobre la vida (o las vidas) Cuando uno observa su obra con detenimiento, comprende que, en efecto, nada humano le es ajeno. Su mirada tiene la curiosidad desprejuiciada del caminante que lo mismo se enriquece en un humilde pueblo de la India que sueña laberintos en el suelo de la iglesia de San Domingos de Bonaval (como hizo en 2002). El resultado es siempre el mismo: una búsqueda rigurosa que continúa y que se reinventa en su propio avance. Acreditado