Fidalgo y su mujer malvendieron sus negocios en Argentina para intentar, después de pasar la barrera de los sesenta, reiniciar su vida en España.
22 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.El corralito, en Argentina, provocó, como un huracán de los trópicos, un cataclismo personal y económico sin precedentes. Las víctimas se cuentan por miles, como el protagonista de esta historia. Confió demasiado en la seguridad financiera de su país y le entregó los ahorros de una vida, de una eternidad, y, un buen día, al levantarse, se encontró con que no tenía nada. Ni siquiera lágrimas para llorar tal desastre. La situación no sería tan dramática si no fuese porque Roberto Fidalgo Cortiñas y su mujer, María Teresa Fili, han cruzado la línea de los sesenta. Se necesita mucha valentía para iniciar una nueva vida a esta edad. Su esposa y él salieron empujados por el clamor de la debacle financiera que vertió la marabunta sobre todos los rincones del país. «La gente salía a la calle porque les metieron mano en el bolsillo». A Roberto, como a millones de argentinos, le metieron bien las manos en los bolsillos, hasta los codos. «Malvendí mis negocios de ortopedia y cirugía», relata. Recalaron en A Coruña, donde pasaron del estado de independencia financiera al de total dependencia: para vivir, los tres primeros meses había que esperar dinero enviado por su hija, que se quedó en el país para intentar vender una casa de 180.000 dólares que nadie quería, incluso rebajándola hasta los 30.000. Optaron por vivir en A Coruña por una cuestión filial: la urbe herculina guardaba las raíces de este inmigrante atípico. Es la tierra de sus abuelos. Sus padres son de La Línea de la Concepción (Cádiz), ciudad que visitaron en 1997. En aquel viaje, con los bolsillos llenos y la cámara al hombro, nunca pensaron que aquellas tierras españolas que pisaban con orgullo de turista serían su último refugio. «Si me quisiesen sacar de aquí tendrían que llevarme a la fuerza», dice. Pero nadie le sacará a la fuerza de una ciudad en la que nadie es forastero, y menos aquellos corazones que han ido conquistando. Éstos son clientes, convertidos en amigos, que compran en el pequeño restaurante de comida casera para llevar que regentan en la calle Monasterio de Caaveiro, número 8, bajo. «Cuando estuvo ingresado venían a verle», recuerda su mujer. ¿Volverían a Argentina? Desde el mostrador, Fidalgo Cortiñas responde con contundencia. Claro que podría volver a Argentina. Pero prefieren la tranquilidad coruñesa al ambiente caótico austral, hoy dominado por la inseguridad. A veces, confiesan, había que entrar en casa con un revólver a mano y asegurarla con rejas por todos los lados. «Sólo faltaba ponerlas en el techo», afirman.