MEDIO VISADO | O |
08 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EN OS CASTROS, un lindo barrio coruñés, hay dos personajes claves: Marwan y Norman. El primero es pediatra en el centro de salud; el segundo sirve tapas en su local. No son de aquí, y a nadie parece importarle. Claro que, en ambos casos, han tenido suerte. No han sido emigrantes al límite, ni mucho menos. Otros tienen menos suerte, y la aventura lejos de casa se complica. A estas alturas, parece claro que todo el mundo nace con derecho a ser feliz y a vivir en paz con los suyos, en Nigeria, en Uruguay o en España. Parece claro que no se puede negar el pan a nadie, lo pida en el idioma que te lo pida. Galicia es lugar de acogida. Ahora bien, el llamado primer mundo sigue mirando hacia otro lado cuando se le habla del hambre que sufren millones de personas en otras latitudes. Si de verdad quisiéramos, los países subdesarrollados saldrían adelante, y nadie se arriesgaría a morir en una patera. La lucha contra la desigualdad bien podría ser uno de los retos del siglo XXI, muy globalizado, pero tan injusto como los anteriores.