Nacer mujer en China, una odisea

GALICIA

DAVID MCTINLY

El país asiático castiga ahora los abortos en función del sexo tras descubrir que la política de un solo hijo empujaba a las familias a aceptar sólo los nacimientos de niños

16 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay más chinos que chinas. Es lo que quería el Gobierno del gigante asiático cuando en los ochenta se sacó de la manga la política de un solo hijo para contener el enorme crecimiento demográfico del país más poblado del mundo (1.300 millones). Y es que China, desde hace mucho tiempo, teme no caber en su propio pellejo. Son demasiados. La obsesión del Gobierno de meter en cintura a sus ciudadanos, negándoles la libertad de tener los hijos que les venga en gana, sean niños o niñas, no hizo más que engordar el machismo y animar a las familias a elegir el sexo de su único descendiente. La ley se le escapó de las manos al Gobierno, pues lo único que logró fue que en las zonas rurales la proporción sea de 122 varones por 100 hembras, cuando en el resto del mundo es de 105 niños por 100 niñas. Ahora pretenden enmendar el error con la prohibición de los abortos selectivos en función del sexo del bebé. Todo este jaleo demográfico surgió porque ser mujer en China es una faena. Primero, porque puede que no lleguen a ver la luz del sol. Y las que lo ven se encuentran que no las quieren. Todos los cariños, atenciones o carantoñas son para los varones, que serán los que se echen a la espalda el bulto familiar. Ellos pueden trabajar como jabatos, mientras que a ellas les fallan las fuerzas en las tareas más duras. El porvenir que les espera a las niñas es, en muchísimas ocasiones, calavérico. China no está hecha para ellas. A miles de niñas les espera una vida en orfanatos, abandonadas por sus familias. A partir de ahora, con la nueva regulación, elaborada por la Comisión de Planificación Familiar y el Ministerio de Salud, se pretende «acabar con la discriminatoria práctica de dar preferencia a los bebés de sexo masculino». Clínicas controladas La nueva orden de los dictadores chinos es que tras determinar el sexo del feto, únicamente se podrá practicar el aborto por razones médicas y sólo los hospitales y clínicas autorizados por el Gobierno podrán realizar ecografías para saber si se trata de un niño o una niña. Además, antes de proceder a un aborto, deberá presentarse un certificado que demuestre que peligra la salud de la embarazada. En el campo chino, donde el refrán dice que «una niña es una felicidad, un niño es una doble felicidad», muchas familias suelen ahorrar durante meses para poder pagarse una ecografía en caso de embarazo. Si es niña, la mujer aborta. Así de sencillo. La ley del hijo único establecía que las familias campesinas pueden tener un segundo vástago si el primero es una niña, pero no permite un tercer nacimiento bajo ninguna circunstancia, por lo que es en los segundos embarazos donde se suelen producir los abortos selectivos, al ?menos hasta ahora. Muchas de las niñas que viven en los orfanatos chinos son segundas hijas de matrimonios campesinos y más del 95% de los menores abandonados en el país también son niñas. La política del hijo único pretendía detener el crecimiento demográfico en el país asiático, con la meta de lograr que la población china deje de crecer en el año 2050 y se estanque en 1.600 millones de personas. Los abortos e infanticidios podrían llevar a China a tener en la próxima década hasta 60 millones menos de mujeres, según datos proporcionados por la ONU.