Peregrinos sin un duro

Rocío García Martínez
Rocío García ENVIADA ESPECIAL

GALICIA

27 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Hacer el Camino es un asunto más de voluntad que de dinero. Caminar es gratis. Para comer, sólo hace falta algo de jeta o un poco de ingenio. Hay tantos ejemplos que podrían ordenarse en categorías: El currante. No tiene dinero, pero tampoco tiene reparos en trabajar. En el Camino es fácil encontrar negocios en los que echar una mano a cambio de un colchón y un menú del día. Hay auténticos especialistas. El maestro es Julián, un jornalero de Toledo que ha convertido el Camino en su hogar y el peregrinaje en una forma de vida. Sin llegar a tanto, hay otros que también dan el callo para financiar la ruta. José vendió cerveza fría en las calles de Ponferrada. «Sólo saqué entre 20 y 30 euros cada noche», explica. El valenciano Alberto le cortó el pelo al dueño de un albergue a cambio de que le llevase la mochila hasta O Cebreiro. El cantautor. Al terminar la caminata, saca la gorra. Un cartel anima a contribuir a la banda sonora del Camino. Hay quien se gana la propina. Como Paul, que ambienta la ruta con country decente. Y hay quien estaría mejor quietecito. El batallitas. Inventa lo que sea para ganarse la hospitalidad de los lugareños. Tuvo tiempos mejores. Cuando el Camino estaba menos transitado un par de historias emotivas eran suficientes para zamparse chorizos y jamones de los paisanos. El hippie. El amor es libre y la fruta, de todos. El francés Pierre dice que para sobrevivir es suficiente con el agua de la fuente y los alimentos que se encuentran a la vera del Camino. Cerezas, castañas o uvas, según la estación. Hay pocos peregrinos de este tipo, pero muchos completan la dieta habitual en el huerto ajeno. Los vecinos empiezan a estar hartos de las incursiones. El jetas. Pide desde un vaso de vino hasta una tienda de campaña. Los más entrenados ni preguntan, cogen. De la nevera del albergue de O Cebreiro desaparecen a diario yogures, embutidos o zumos. Una vez llegó a faltar hasta pollo congelado. Y otra, un par de calcetines del tendal. En la versión más quinqui también roban sacos, esterillas o carteras.