Galicia ya le vio las fauces a la fiera hace unos meses, cuando Eslovaquia apostó todas sus bazas para albergar la nueva planta del grupo alemán Benteler, fabricante de chasis para coches. Y aunque por ahora parece ser Vigo, y no Bratislava, la ciudad que ganó la partida y que acaparará una inversión por valor de 50 millones de euros, los zarpazos que el llamado tigre del Danubio le está dando a toda la Europa occidental amenazan con volver a sentirse de nuevo. El multimillonario Steve Forbes dijo que Eslovaquia es «el Hong Kong de Europa central». Con esta elucubrada comparación definió a una de las naciones más jóvenes del mundo -se independizó de Checoslovaquia en 1993-, que vive una auténtica primavera económica, pues ha convertido en un imán la suma de elementos como los bajos salarios, las ventajas fiscales, la mano de obra cualificada o la posición cercana a los mercados, pues no hay que olvidar que este país comparte fronteras con otros cinco, y que su capital, Bratislava, está a tan solo una hora de viaje de la opulenta Viena. Cuando Volkswagen decidió trasladar de Barcelona a Bratislava parte de la producción del Seat Ibiza, en Cataluña empezaron a sonar las alarmas de la deslocalización industrial, algo que se está repitiendo con otras multinacionales. Pero lo de Cataluña no es un caso aislado. La Philips desmantelará su centro de contabilidad en Irlanda, país que ahora encuentra menos atractivo, para trasladarlo a la Europa del Este, y Samsung abandonará Newcastle (Inglaterra) en favor de Eslovaquia, por citar tan sólo dos ejemplos. En el fondo, Eslovaquia tampoco es un país tan diferente a Galicia. Ambos poseen una proporción de empleo industrial similar, de en torno al 35% de la población activa, y cifras de paro equiparables: del 13% en el caso gallego y del 15% en el eslavo. También comparten tradición católica y devoción por todas las partes del cerdo, desde el rabo hasta la cacheira. Y, cómo no, por la gaita, a la que los eslovacos llaman gaidy. Hijos de Galitzia Si tiramos de la Historia también es posible toparse con parentescos, pues gran parte de la actual Eslovaquia pertenecía a la región de Galitzia, integrada antaño en el imperio austro-húngaro, aunque hoy se encuentra diseminada entre el oeste de Ucrania, el sur de Polonia y el noreste de Eslovaquia. Por lo demás, sobra decir que todo lo eslovaco es muy desconocido en Galicia, al igual que lo gallego pasa sin pena ni gloria por Eslovaquia. Aun así, entre ambos países existe un comercio cada vez más importante, claramente favorable a Galicia, que en el 2002 exportó a tierras eslavas por valor de 212 millones de euros, mientras las compras -sobre todo de madera perfilada y ladrillo- no alcanzaron los 82 millones de euros, según el ICEX. Pero las diferencias entre Galicia y Eslovaquia son probablemente más ostensibles que sus similitudes. Uno de los grandes tesoros que posee actualmente el tigre del Danubio es la amplia formación de sus trabajadores, herencia de su pasado comunista, y sus bajos salarios, algo con lo que los gallegos no pueden ya competir. Para hacerse una idea, el coste laboral de una hora asciende en Galicia a unos 13 euros, mientras en el país eslavo apenas supera los tres. O sea, los sueldos son cuatro veces más bajos, mientras el poder adquisitivo gallego es un 70% más elevado que el eslovaco. Y por encima, las empresas que se instalan allí gozan de exenciones fiscales de hasta 10 años pudiendo acceder al mercado europeo sin aranceles, pues Eslovaquia ingresará en la UE dentro de tres meses.