El espectacular rescate de los cachorros Ron y Tobi

Emma Araújo SANTIAGO

GALICIA

Los canes de caza cayeron en la excavación de wolframio de Varilongo por una veta de treinta metros de profundidad

02 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Ron y Tobi, dos cachorros de perros de caza, estarán a estas horas bien abrigaditos y con una ración doble de comida en sus pequeños estómagos, pero la sobredosis de miedo no hay quien se la quite. Ambos salieron ayer de caza con su dueño y acabaron dentro de una veta de la mina de wolframio de Varilongo, en el municipio coruñés de Santa Comba. Allí estuvieron varias horas hasta que fueron rescatados por los miembros del Grupo Municipal de Intervención Rápida de Santa Comba, que recibieron el aviso del incidente a última hora de la mañana y trasladaron a sus efectivos al monte. Junto al hueco horadado en la tierra, en la que durante años se extrajo el wolframio, esperaba el dueño de los animales, que prefiere superar el susto en la más estricta intimidad. Eran las tres de la tarde y daba comienzo un rescate que, como en las películas, se llevó a cabo en condiciones meteorológicas adversas. Si la escena formase parte de un rodaje, la víctima estaría inconsciente o agonizante. Sin embargo, Ron y Tobi estaban en perfecto estado. Así lo demostraban sus ladridos y sus ganas de salir del agujero en el que quedaron atrapados. Fue precisamente por este motivo por el que el rescate no fue un paseo triunfal ni un camino de rosas, aunque tampoco de espinas. Uno de los miembros del Grumir, convenientemente atado y protegido, descendió con un arnés los treinta metros del agujero de la mina y allí se encontró con dos perros nerviosos a los que no les hacía ninguna gracia el casco que portaba su salvador, que tuvo que quitárselo para conseguir que tanto esfuerzo sirviese para sacar a los animales de tan desagradable atolladero. Los pitidos del dueño de los animales y la repetición de sus nombres sirvió para tranquilizar a los cachorros e iniciar así la maniobra de ascenso al lugar del que nunca deberían haber salido, los matorrales entre los que buscaban el rastro de las perdices. A las cinco y cuarto de la tarde, la historia, como en las películas taquilleras, colgó el cartel de final feliz. A las nueve de la noche, los jóvenes que participaron en el rescate colocaron el arnés.