El eterno Jacques Brel

GALICIA

Francia y Bélgica recuerdan con varios homenajes al mayor exponente de la canción francesa coincidiendo con el 25 aniversario de su muerte

09 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Era lo que se dice un chico bien, repeinado, que a los 17 años se divertía más tocando la guitarra en una asociación católica de Bruselas, que ocupándose de la próspera industria papelera de su familia. A los 30, grababa en París su memorable Ne me quitte pas (No me abandones) y, casi sin quererlo, se convirtió en eterno. Ayer se cumplieron 25 años de la muerte de Jacques Brel, fecha en la que sus dos patrias, Bélgica y Francia, rindieron tributo a la mejor voz que ha dado la canción francesa, con permiso de Edith Piaf. Si la ciudad de Bruselas, que le vio nacer, declaró el 2003 como el «año Brel» y se apresuró a abrir el pasado mes de enero una amplia exposición sobre el artista, en París, adonde Jacques se trasladó con 25 años para cantar en tabernas, no quisieron quedarse atrás. Varias emisoras de radio le dedicaron programas especiales, mientras en las librerías coincidía el lanzamiento de media docena de obras biográficas, tres discos y dos DVD. El Gran Jacques, como era apodado, para recordar el nombre de su primer álbum, falleció de un cáncer de pulmón el 9 de octubre de 1978 en una cama de hospital. Sus restos reposan en la isla de Hiva Oa, en la Polinesia francesa, apenas a unos metros de distancia de donde está enterrado Paul Gaugin. En aquella exótica isla, poblada por gente que «habla de la muerte como tú hablas de las frutas», dijo el cantante, pasó Brel largas estancias los últimos tres años de su vida. Esos sosegados polinesios, a los que el presidente francés, Jacques Chirac, a punto estuvo de volar por los aires al patrocinar las pruebas nucleares del archipiélago de Mururoa, también han querido rendirle su particular tributo a su ilustre huésped. Y lo hicieron restaurando de forma impecable el avión personal del cantante, un bimotor Beachcraft D50 bautizado como Jojo , que se exhibirá en un museo de las islas Marquesas. Porque, en cierto modo, si no hubiese sido cantante, Jacques Brel quizás sería piloto. A finales de los años sesenta decidió reorientar su carrera hacia la comedia musical con El hombre de la Mancha (1968), en la que interpretaba a Don Quijote, y más tarde hacia el cine, primero como actor, y después como realizador de Franz y de El lejano Oeste . Contradictorio En el plano personal, Brel era querido por muchos y denostado por otros tantos. Aunque su voz sigue siendo casi incuestionable, hay quien no le perdona que representara lo «políticamente correcto». La comunidad flamenca, mayoritaria en Bélgica, se la tiene jurada por haberse inclinado por cantar en francés, y no en holandés, mientras algunos intelectualillos aceptan a regañadientes su pasado boy scout o su «falso idealismo».? Por el lado de los franceses, el que más o el que menos se esfuerza en vano por ocultar el pasado belga de una de sus mayores figuras de la canción, al igual que hicieron con una gran literata francófona, Margerite Yourcenar, bruselense para más señas. Claro que también hay que entenderlo. Un belga en Francia es como un lepero en España. Poco serio. Y si algo abundan al norte de los Pirineos son chistes sobre belgas, como aquel que dice que un el cerebro de un belga y un guisante sólo se diferencian en el color. Y lo peor es que se parten de la risa.