Unos vándalos arrancaron de su pedestal la escultura más famosa de Dinamarca, que hace unos meses estuvo a punto de ser embadurnada con el chapapote del «Prestige»
11 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Si algún día se atraganta con el café al leer en la prensa que han abierto en canal a la famosa Sirenita de Copenhague para extraerle las trompas de falopio, hágame el favor, créaselo, porque prácticamente es lo que falta en la atormentada existencia que lleva esta estatuilla. Después de que le arrancaran la cabeza en dos ocasiones, de que le partieran un brazo, de que la pintaran de rojo y de que casi la cubrieran con chapapote del Prestige , unos vándalos le dieron ayer un golpe de gracia, desencajando la escultura de su pedestal y arrojándola al mar, al fin y al cabo, el sitio natural de una sirena. Una patrulla de la policía, que en la madrugada de ayer hacía la ronda por el alejado rincón del puerto de Copenhague donde se levanta la serenísima imagen, se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que la bella sirena no se hallaba en su lugar. Y no tuvieron que buscar demasiado para toparla tirada al borde del agua, seriamente dañada, lo que privará a todos sus fans de su presencia durante algún tiempo. La Sirenita, inspirada en un cuento del danés Hans Christian Andersen escrito en el año 1837, es algo más que una estatua de bronce. Es, de hecho, el gran símbolo de Copenhague y por extensión de Dinamarca, con permiso de la cerveza Carlsberg y de los juguetes Meccano. Y si algo llama la atención de esta talla, esculpida por el danés Edvard Eriksen hace 90 años por encargo del patrón de la Carlsberg, es su pequeño tamaño, pues se trata de una jovencilla con pies aleteados que sólo mide 1,65 metros de alto y pesa 175 kilos, lo que contrasta con la inmensidad del mar y el espacioso jardín donde está ubicaba. El millón largo de visitantes que recibe al año también convierten a Ariel -el nombre que le dio la factoría Disney- en el principal reclamo turístico de la capital, aunque tanta fama también coloca la escultura en el disparadero, ya que lo mismo es objeto de muestras de cariño que del veneno que llevan algunos en el cuerpo. Sin ir más lejos, en diciembre, con motivo del Consejo Europeo que se celebró en la capital danesa, la escultura a punto estuvo de ser cubierta con el chapapote vertido por el Prestige en las costas gallegas y llevado hasta la riberas del Báltico por un grupo de ecologistas. Al final, los civilizados manifestantes se conformaron -tras las advertencia de la policía- con esparcir el fuel a cien metros de distancia de la efigie. Vandalismo Peor suerte tuvo cuando unos notas le arrancaron la cabeza de cuajo en 1964, atentado que volvió a repetirse en 1998 después de una tentativa frustrada en 1991. En la página de Internet que posee la escultura también se cuenta que en 1961 le pintaron un sujetador y unas bragas y le tiñeron el pelo de rojo, y en 1984 le arrancaron el brazo derecho. A nivel europeo quizás sólo haya una estatuilla que rivalice en fama e infortunio con la Sirenita, el Menneken Pis de Bruselas, que llegó a ser lanzado por los aires por las tropas francesas, secuestrado en 1817 por un prisionero que obtuvo la gracia real, encontrado veinte años después y que fue robado en 1978 por un grupo de estudiantes. Sin embargo, los belgas acabaron encontrando otra forma de quemar su adrenalina con la estatuilla del niño que hace pipí sin dañarla. Y consiste en ponerle vestiditos casi a diario para conmemorar ciertas festividades. Sin ir más lejos, mañana lucirá el traje regional de Asturias para conmemorar el Día del Principado en Bélgica. Quizás a la Sirenita no le vendría mal que jugaran con ella a las mariquitas en vez de cargársela a pedradas.