EN O Porriño, Nigrán, Ames, Teo, Fene, Culleredo... el cemento crece y se expande. Desmesurado, como los bíceps de un deportista hormonado. Las urbanizaciones, bloques y casas unifamiliares, recién pobladas en su mayoría por jóvenes a los que la especulación del suelo les veta el acceso a un inmueble en las ciudades del Eje Atlántico, crecen como setas. Pero a diferencia de los hongos, no son autosuficientes. Necesitan carreteras que conecten esos nuevos enjambres, aceras para acudir a la panadería, transformadores para suministrar vatios a vitrocerámicas y a la Play Station. La desmesura constructiva en las áreas que bordean las ciudades tiene al borde del colapso los servicios públicos. La deuda y la flaqueza recaudadora de los ayuntamientos bloquean su capacidad de reacción. Sus alcaldes fían su suerte a ganarse la gracia, siempre caprichosa, de un conselleiro o presidente de diputación para construir cien metros de saneamiento o parchear una carretera comarcal. Metro a metro se está construyendo un problema de ordenación urbanística en los municipios más pujantes de Galicia, similar al provocado en las ciudades por el desarrollismo de los sesenta y setenta, cuyo exponente fue el Ensanche santiagués. A pesar de su visibilidad, los políticos aparentan que el problema no existe. Para el Gobierno, porque supone trabajo y proyectos a largo plazo que no suman votos inmediatos. Para la oposición, porque su debate no desgasta al que gobierna con la efectividad, por ejemplo, de la torpe gestión en los primeros meses de la catástrofe del Prestige. Mientras unos no lo ven y otros miran para otro lado, las miles de personas que viven en las áreas metropolitanas asisten a una revolución urbanística que, al menos, contiene un mayor sentido estético que el desarrollismo del ladrillo bravo. Con excepciones, claro, como la fiebre que se ha desatado en el sur por las casas almenadas. Una de ellas, a la vista desde la autovía Vigo-O Porriño, merece ser visitada por los añadidos. Incluida la réplica del cristo redentor de Corcobado (Río de Janeiro). Pero esto es la anécdota de un problema urbanístico en el que nos va la calidad de vida. Una historia sin vaqueros CUANDO su tupé era más tupido, el senador Vázquez Portomeñe escribía novelas de vaqueros. El ex de todo en xuntas de Fraga y Albor saciaba su afición literaria con pistoleros más rápidos que su sombra. Experimentado en las historias del Oeste, Portomeñe se ha aventurado ahora a escribir la historia política de Galicia que le tocó vivir. A la postre, no hay tanta diferencia: navajazos en vez de balazos. ¿Quién será el bueno y quién el malo en esta novela aún sin publicar del Oeste ibérico? Candidato sin carné UN GRUPO integrado por quienes tienen como denominador común haber sido fieles seguidores de un antiguo barón del PP de A Coruña quieren moverle la silla al presidente de la formación en esa provincia, Jesús Almuíña. Pero se han topado con un problema. Su tapado para el puesto, el presidente de Portos de Galicia, Carlos Negreira ?antiguo colaborador de Romay Beccaría en la Xunta?, no tiene el carné que lo acredita como militante del PP. Idéntico tic oratorio A PESAR de que Zapatero descartó Galicia como destino turístico en el verano posprestige y no pudo dar los paseos de otros años conversando con Pérez Touriño, ambos han reaparecido con el mismo tic oratorio acentuado: el abuso de adjetivos. La mitad de sus frases acaban con una retahíla de calificativos. Y los ángulos que dibujan en el aire cuando mueven y vuelven a mover las manos al hablar no difieren entre sí más de cinco grados.