Contra lo que puede pensar el profano, los túneles no implican una dificultad añadida para la conducción del tren, según explica el maquinista, José Carlos Ríos Naranjo. De hecho, poco después de Lubián, en uno de los subterráneos, la velocidad máxima marcada en el plan de itinerario es de 140 kilómetros por hora. Paradójicamente, esto es todo lo veloz que también será el AVE cuando se disponga a entrar en la serra do Canizo. Para un ferroviario, la dificultad radica en otras circunstancias que no se dan en ningún punto de este recorrido. «Para nosotros, un trazado complejo es el que tiene muchos pasos a nivel», señala. Entre Ourense y Lubián no hay ninguna de estas encrucijadas en las que el maquinista debe poner los cinco sentidos para evitar posibles desgracias. Poco antes de llegar a Lubián, el convoy afronta el único cambio de rasante del recorrido, debidamente señalizado en el itinerario de viaje. Antes, en A Gudiña la vía del tren se entrelazó por primera vez con la autovía y uno se pregunta por qué esta ingente obra de ingeniería no puede llevarse a cabo en la red ferroviaria que circula en paralelo. José Carlos Ríos se despide en la espectacular estación granítica de Puebla de Sanabria, después de haber dejado atrás en Galicia media docena de estaciones abandonadas, muchas de ellas de gran belleza, que están expuestas a la acción de los vándalos y del olvido, pero que recuerdan el antiguo esplendor de la línea Ourense-Zamora.