El tribunal premió la colaboración con la Justicia del boirense Vila Sieira, que entregó 4.383 kilos de cocaína de los colombianos, aunque se calló el destino de otros 1.900.
18 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.¿Merece la pena ser narcotraficante arrepentido? Hasta hace dos días, cualquier delincuente dedicado a esta actividad que se plantease esa disyuntiva en sus monólogos carcelarios con la almohada del catre podría pensar que sí, sobre todo si tomaba como referencia el caso de Ricardo Portabales, el detonante de la histórica operación Nécora. Pero si la margarita se deshoja con la voluminosa sentencia de la operación Temple en las manos, la pregunta ha de ser otra: ¿Tengo información realmente valiosa que ofrecer a cambio? Ahora, los referentes para este tipo de cuestiones se llaman Alfonso León Fernández y José Manuel Vila Sieira. El colombiano, que fue detenido el 8 de julio de 1999 como uno de los máximos representantes del cartel de Bogotá en España, declaró en once ocasiones distintas ante el juez instructor, pero no se decidió a contar «su» verdad hasta que ya llevaba diez meses en la cárcel y habían transcurrido dos desde que el juez dictase auto de procesamiento contra todos los implicados en los hechos investigados. Prescindible Para adoptar esa decisión, el juez contaba desde el primer momento con algo tan trascendental como la aprehensión de más de 11 toneladas de cocaína y de 200 kilos de heroína, contabilidades de la venta de otras partidas de droga anteriores y abundante documentación intervenida a varios de los detenidos y que involucraba a la mayoría de los imputados. Contaba además con numerosas conversaciones telefónicas intervenidas de forma impecable -así lo reconoce explícitamente la sentencia-, y con las declaraciones de algunos de los detenidos, que eran claramente inculpatorias para muchos de ellos. Todo ello «quiere significar -se puede leer textualmente en la sentencia- el pobre papel que León ha desempeñado en este asunto en cuanto a la obtención de pruebas distintas a las que ya existían». A pesar de que todos los abogados defensores, especialmente el suyo, pretendieron hacer de sus confesiones la principal prueba de cargo contra la mayoría de los acusados, la sentencia pone especial empeño en destacar lo contrario. «Ni un solo procesado -enfatiza- será condenado en base exclusivamente a lo que haya dicho Alfonso León Fernández, el cual, en realidad, lo que ha hecho fue corroborar en muchas ocasiones lo que ya se sabía por las pruebas practicadas en el sumario, con anterioridad a sus declaraciones». Por si lo anterior no fuera suficiente, añade: «Oyendo detenidamente a León Fernández en su extensa declaración, emitida a lo largo de 20 sesiones del plenario, obtuvimos el convencimiento de que decía grandes verdades, y también verdades a medias que son mentiras. Pero eso sí, de manera siempre uniforme, sin entrar en contradicciones y con pasmosa tranquilidad». De poco le sirvió Todo ello, sumado a las abrumadoras pruebas de cargo acumuladas contra él, llevó al tribunal a condenarlo por dos delitos de narcotráfico a 34 años de cárcel y al pago de 406 millones de euros. De poco le sirvió su arrepentimiento. Bien diferente fue la actitud del gallego José Manuel Vila Sieira quien, tras ser detenido en Boiro, sólo necesitó reflexionar durante el viaje a Madrid para llegar a la conclusión de que, para él el mal menor sería decir dónde tenían escondidos cerca de 4.500 kilos de cocaína que, de forma insistente, le venían reclamando los colombianos de Alfonso León. La sentencia reconoce que sin su confesión la policía nunca habría encontrado esa droga, como no halló los 1.900 kilos que estaban en otro escondite. El premio fue una condena de 10 años, frente a los 17 de el Rubio , su socio.