«Amar no es delito, hasta Dios amó»

Pablo González
PABLO GONZÁLEZ SAN COSME DE BARREIROS

GALICIA

El cura y la ex-monja que se casaron tras un noviazgo por Internet intentan llevar una vida normal en San Cosme de Barreiros Luz Aurora espera al final del pasillo, cansada de tantas entrevistas. Alfonso Vegas, el cura salmantino que cruzó el Atlántico para casarse con ella en Perú, la busca impaciente en la débil luz del final de la tarde en su piso de San Cosme de Barreiros. Allí, en la Mariña lucense, gracias a la generosidad de un empresario gallego, los dos escapan del mundanal ruido que provocó ese amor suyo que surgió al calor más bien frío de un chat de Internet. Él dice que siempre se sentirá cura. Ella, definitivamente, no es monja. Pero un enorme rosario peruano domina su vestíbulo, recordándole a ellos y al visitante de dónde vienen y qué es lo que dejan atrás.

15 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Luz Aurora Otoya se sienta con su cara ancha y feliz al lado de Alfonso y comienza a musitar una canción peruana que parece que fue compuesta para ellos. «Amar no es delito, porque hasta Dios amó...» Alfonso la coge de la mano y con una voz entrecortada y dubitativa comenta la conclusión que sacaron de todo este lío que les llevó a las primeras páginas de los periódicos. «Hemos descubierto que el amor es más fuerte que cualquier cultura o religión; si una religión no entiende el amor humano, difícilmente podrá entender el amor divino». A su lado, el ordenador. Ese frío pedazo de tecnología que les unió está ahora adornado por un globo rojo con forma de corazón en el que se puede leer las palabras Te quiero. Luz Aurora lo utilizó para que Alfonso diera con la chica correcta en el ajetreado aeropuerto de Lima. Aclimatados a Galicia Dicen que en Galicia están bien, pero el hormiguero mediático también ha llegado a A Mariña. La gente les mira con curiosidad. El otro día, en la misa dominical, Luz Aurora vio cómo una señora la escudriñaba con un celo más bien malsano. Pero nadie puede amargarles una misa. Y mucho menos la vida. Han desarrollado un instinto de independencia a prueba de bomba. El asunto de plantearse la descendencia no está tan claro. Alfonso tiene 42 años y Luz Aurora también ronda la cuarentena. «Tendremos lo que Dios quiera darnos, pero ella es ya un poco mayor para esto», afirma Alfonso, que viene a querer decir que, a pesar de todo, ponen cierto empeño en conseguirlo. Cuando se menciona la posibilidad de adoptar un niño, Luz guarda silencio. Él recuerda que, cuando era cura, tuvo muchos hijos. Pero se refiere a sus feligreses, claro está. Alfonso recuerda aquellos días previos a que el Obispado le concediera una suerte de excedencia para repensar su vocación. Decidió irse a Perú para poder tocar lo que sólo veía a través de una foto escaneada. Se le pregunta qué siente una persona que conoció por primera vez el amor en la mitad de la vida. Pero el periodista se precipita en sus juicios y Alfonso aclara el asunto. «Bueno, la verdad es que yo estuve medio-enamorado otra vez. Pero la historia no podía seguir adelante». Alfonso se dirige al dormitorio y vuelve con dos muñecos de peluche que utilizaron para reconocerse en el aeropuerto. «Ellos son los únicos que saben toda la verdad de nuestra historia». Alfonso le da un muñeco a Luz Aurora. Sonríen.