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GALICIA

LOIS BLANCO LÍNEAS SECUNDARIAS

04 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando el estraperlo movía tantas pesetas como euros alguna empresa que hoy cotiza en bolsa, los contrabandistas -hoy narcotraficantes- ya ejercían de sepultureros. El contrabando de penicilina a través de Portugal provocó más muertes que vidas salvó. El preciado líquido de Fleming era rebajado con las aguas del Miño, y los enfermos de tuberculosis o de gangrena que lo conseguían abandonaban este mundo. El remedio, estaba adulterado. El negocio de la muerte que es el narcotráfico tiene innobles precedentes como el de la penicilina. Su contrabando hay que agradecérselo a un ferrolano que se llamaba Franco. El General vendía wolframio a Hitler, sin importarle las consecuencias del embargo norteamericano de alimentos y medicamentos por su germanofilia. Aquellos contrabandistas hicieron dinero para construir casas con caídas a cuatro aguas, pero lo único que blanquearon fueron sus cabellos. Eran otros tiempos. Los narcotraficantes del presente necesitan limpiar sus millonarios ingresos en paraísos fiscales o en la vecina isla de Madeira. Habrá de llegar el día en que los estados-ficción que maquillan dinero sean sometidos a embargos internacionales. Mientras tanto, las autoridades lusas están obligadas a impedir que su isla de Madeira sea un territorio ajeno a las leyes de la comunidad a la que, por fortuna, nosotros y nuestros vecinos los portugueses pertenecemos: la UE.