Alerta roja en la taberna

La Voz

GALICIA

SERXIO GONZÁLEZ ÉCHE O QUE HAI El presidente del consello regulador del Ribeiro augura la desaparición del taceo de toda la vida

19 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Atentos. Lo dice José Antonio Bouza, el presidente del Consello Regulador de la denominación de origen Ribeiro, así que la cosa es seria. La apuesta por los vinos de calidad hará desaparecer, inevitablemente, el entrañable ribeiro de taza. Los esfuerzos del sector se centran ahora en los caldos de precios medios y altos, en sintonía con un mercado cada vez más competitivo. Y no está el horno como para destinar la producción de uva al blanco pirriaque de toda la vida. No quedará otro remedio que despedir aquellos tiempos de heroica resistencia en la taberna. Aquellas horas de arriesgado trasegar del amarillento néctar, siempre sospechoso de encerrar un turbio viaje para la cabeza y el estómago. Generaciones y generaciones de gallegos se han iniciado en los misterios de Baco con pulso vacilante, desparramando el contenido de la taza en el trayecto entre la barra y la mesa. Pero todo se acaba, y el taceo no es excepción. Los siareiros -consulten el diccionario y comprueben que a pesar de sus recientes resonancias futbolísticas, el término se aplica en realidad a los fieles clientes de un bar- deben olvidar el trago a ocho pesos y rascar el bolsillo para pagar su xoven a euro. A no ser que manden al ribeiro a tomar viento, y se echen como lobos sobre el blanco castilla o el vinacho cartonillo. A este paso, los últimos reductos del arrinconado peleón. EL TRILERO INCESANTE. Serafín es un tío listo, que para ganarse la vida sólo necesita una baraja y un par de compadres dispuestos a llenarse los bolsillos a costa de algún pardillo. El año pasado, Serafín y su compinche Juan montaron el chiringuito en Verín. Su soltura con los naipes y la bolita calentó rápidamente a un paisano, que mordió el anzuelo cual ballenato hambriento. Decidido a entrar en la timba, el hombre retiró 6.000 euros del banco. Y ahí acabó la historia, porque en cuanto pisó la calle, los trileros le arrebataron la pasta y pusieron pies en polvorosa. Esta semana, ambos debían haber sido juzgados en Verín. Fue imposible. El irreductible Serafín dormía en el calabozo de la Guardia Civil de Ordes por intentar timar a otro incauto.