«Salir de una como ésta es ver a Dios»

GALICIA

o les sienta bien el avión, pero el temporal en aguas británicas les hizo probar dos en menos de un día. El primero les llevó a Madrid, y un segundo a Santiago. Diecisiete tripulantes del Le Parrain (tres lusos y el resto de Barbanza) arribaron a primera hora de la mañana de ayer a Lavacolla. Lo hicieron sin alardes y apenas agobiados por los flashes y cámaras que les esperaban en la terminal compostelana. Dos decenas de familiares fuera, casi tantos como periodistas. Y en la puerta, un lotero pronosticaba buenas ventas: volvían unos hombres en chándal que llevaban la suerte tatuada en la frente. Casi al poner un pie en Santiago, los marineros ya tenían el otro en Ribeira. Fue visto y no visto. Sólo frases sueltas para tejer una historia que se repitió por partida doble el pasado fin de semana. En veinticuatro horas, las tripulaciones de El Padrino (en español) y el Celestial Dawn han regresado a Galicia. «Fue un susto, pero un susto enorme», comentaba José Luis Rial, cocinero de a bordo del barco francés. Recordaba entonces cómo se produjo el choque. «No te da tiempo a pensar en nada. Recuerdo que era la hora de la cena y que estábamos todos juntos». Ellos se encargaron de no soltar la radio-baliza «porque significaría nuestra desaparición». José González Pérez, el patrón del barco, amarró ese instrumental en la tormenta. «¿Que en qué pienso? Yo estoy fatal. En una situación así ves a Dios», aseveraba González. Su crónica era exacta: «Esperamos desde la ocho y media de la tarde hasta la una y media de la mañana, cuando llegó el avión de reconocimiento. Entonces empezamos a tirar bengalas y nos quedamos más tranquilos». Estuvieron catorce horas a la deriva y en apenas doce minutos los servicios de salvamento, comentaba el luso César Nunes, les rescataron. Del barco siniestrado apenas sabían que quedaba en reparación. Y de su capitán desaparecido, nada. Al Le Parrain aún le restaban tres meses de marea. «Ahora hay que volver al mar», comentaba Rial. Pero nadie quiso jugarse su suerte. En Lavacolla, el lotero se quedó con todos sus iguales.