ANXO LUGILDE ANÁLISIS
30 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Nos hemos salvado. Galicia dispone de diez años para rugir como el segundo tigre celta o para perpetuarse en el papel de meniño celta, de gatito que lo pasaría muy mal sin la protección de mamá UE. Por ahora sabemos que entre el 2000 y el 2006 recibiremos de Bruselas 5.642 millones de euros, casi un billón de pesetas. La cifra marea por su dimensión gigantesca, pero resulta fácil de calibrar si se piensa que la Xunta maneja anualmente algo más de un billón de pesetas. Es decir, nuestros conciudadanos europeos nos transfieren el equivalente a lo que gasta en un año la Administración gallega para que nos desarrollemos hasta el punto de no necesitar esa solidaridad. No es una ayuda gratuita. Nos la hemos ganado a sangre y fuego, cerrando astilleros, eliminando granjas, desguazando barcos... Pero eso poco importa ahora mismo. Lo crucial es decidir qué vamos a hacer con ese capital. Saber si queremos seguir gastando fondos públicos en romerías y competiciones en pos del mejor paseo marítimo del Arco Atlántico o deseamos dar por fin el gran salto que nos sitúe en el centro de la Europa próspera. Como hicieron los literatos románticos debemos mirar hacia Irlanda, aunque sin veleidades mitológicas. Con los ojos bien abiertos del ojeador de Zara que se inspira en los mejores diseños para venderlos más baratos. Irlanda demuestra que la periferia geográfica puede equivaler a centralidad económica. Que a pesar de su debilidad, la política de europea de desarrollo regional puede desembocar en milagros. Y que diez años bastan para cambiar el rumbo de la historia.