Según sus manifestaciones, Manuel Antonio compró unas dosis de cocaína y se fue a tomar unas copas a la zona de la «movida» de Ordes. Allí se encontró con su amiga, que se sorprendió al verlo porque la había llamado dos veces por teléfono para decirle que no iría. El testimonio de la chica aclaró bastantes puntos de la declaración del acusado. Afirmó que le dijo que lo había llevado un amigo, pero no le creyó y entonces le confesó que había venido en taxi. Sabedora de que andaba escaso de dinero, le preguntó cuánto le había costado y volvió la sorpresa al responderle que setecientas pesetas. El viaje desde Santiago suele costar 3.200. Estuvieron tomando unas copas y después lo acompañó hasta otro taxi para regresar a Santiago, trayecto que abonó con las monedas que había robado al taxista agredido. La amiga declaró que en los días siguientes le comentó la muerte del taxista, pero Manuel Antonio no se dio por aludido. El procesado había afirmado que comenzó a darse cuenta de que podía ser el autor por la prensa y porque su hermana le había preguntado por la desaparición de los cuchillos. Esta coartada fue desmontada por la hermana al asegurar que ella nunca los echó en falta. Confesión a un abogado Manuel Antonio no se entregó inmediatamente y rogó a su hermana que lo trasladase al Centro Retro de León, dedicado a la rehabilitación. Quince días más tarde decidió confesar y se dirigió al despacho de un abogado santiagués que llamó a la policía.