Las normas urbanísticas apenas restringen la construcción de viviendas en el medio rural, salvo un par de exigencias sobre superficie y uso Bergondo, O Rosal y Valdoviño no tienen planeamiento urbanístico y son los municipios españoles en los que más viviendas aisladas se construyen. Podría deducirse que la falta de planes de ordenación conduce a esa mala costumbre de dispersar las casas, que tanto ha entorpecido el desarrollo de Galicia a costa de satisfacer el individualismo de sus habitantes. Pero no es así. En el ránking español de la dispersión, Tomiño y Meaño también ocupan puestos de cabeza y sí tienen planeamiento. Y es que dicen los técnicos que el problema son los 2.000 metros cuadrados que bastan para levantar una vivienda en la cima de un monte. Con PGOU o sin él.
23 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Dicen las normas que quien quiera construir una vivienda fuera del núcleo urbano deberá reunir 2.000 metros cuadrados y dedicar parte de la parcela a una actividad agrícola o ganadera. Está así establecido en los planeamientos municipales (apenas cincuenta en el conjunto de los 317 concellos gallegos) y en las normas subsidiarias provinciales que rigen el resto de ayuntamientos. Esta mínima condición, claro indicador de hasta dónde ha llegado la liberalización y la falta de restricciones para construir en el medio rural, implica en la práctica que todo aquel que posea una propiedad de esas dimensiones puede levantar una casa, aunque la vivienda más próxima se encuentre a cinco kilómetros de distancia, aunque el anacoreta exija después agua, alcantarillado y luz, y aunque dotar de servicios básicos ese punto (y los miles que se han ido formando en Galicia) suponga un coste público cada vez más difícil de asumir. Usos agrícolas Por otro lado, la exigencia de dar a la finca uso agrícola, además de residencial, es comunmente burlada. Y es tan lógico que sea así como absurdo pensar que hay posibilidades de crear una explotación agrícola viable (de bonsais, quizá) en los 1.700 o 1.800 metros cuadrados que restan al descontar la superficie de una vivienda. Sea como sea, parece que hay demasiado suelo edificable o al menos que hay suelo (disperso) en el que no se debería construir mientras los núcleos no estén completados. Es la tesis del arquitecto Carlos Quintáns: restringir la edificación en suelo no urbano mientras la aldea no se haya agotado y fijar nuevas exigencias, como un estudio de impacto ambiental de la vivienda. En el fondo, estamos ante un problema de gestión del suelo. No se penaliza la insolidaridad. Ni en los planeamientos municipales, complicadísimos de ejecutar por el minúsculo tamaño de las parcelas y el elevado número de propietarios e intereses privados, ni en los planes comarcales que, simplemente no existen. En Portugal, sin ir más lejos, sí. Los vecinos del otro lado del Miño desarrollan planeamientos comarcales para la instalación de servicios comunes, como institutos o parques de bomberos, consiguiendo además mayor autonomía para los equipos técnicos, que no sufren la presión derivada de la cercanía de los vecinos ni la intromisión política, en una mancomunidad compuesta por todas las fuerzas.