Una decena de pueblos aymaras de las laderas de los Andes solicitan a Fraga que solvente sus necesidades más perentorias Ni a Castro le lució tanto en Manatí dos años atrás. Fraga fue hacedor de sueños por un día para los poblados aymaras de la región subtropical de Los Yungas. La expedición de la Xunta a Bolivia descendió desde La Paz por pistas de tierra de las laderas este de los Andes hasta Chulumari. Pero los aymaras rompieron el programa. En cada grupo de casas de ladrillo o estuco y tejado de zinc, los habitantes cortaban la carretera, regaban a Fraga con pétalos y le entregaban sus deseos por escrito: luz eléctrica o una casa rectoral. Para los aymaras de Yurija la esperanza que el sábado cruzó su aldea a caballo de un Nissan era Fraga; para los de Sirupaya, «Braga»; para los de Chirca, «Praga». Para otros era, a secas, el presidente de la República Española.
11 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.LOIS BLANCO
LA PAZ. Enviado especial
Si el ex guerrillero sandinista Damián Tellería, alcalde de Chulumari, tuviera un mínimo parecido con Pepe Isbert, en Los Yungas sólo faltaba el sábado la aparición de Berlanga para rodar la segunda entrega de «Bienvenido mister Marshall», con los gallegos en el papel de yanquis.
«El alcalde nos dijo que le pidiéramos lo que necesitáramos y queremos una capilla», confesaba una «chola» _mujer_ de la étnia aymara sumergida en la inocencia de los integrantes de la comitiva de la Xunta en la aldea de Puente Villa. Era la tercera vez, desde que quince todoterrenos salieran de La Paz unas horas antes, que los indígenas obligaban a Fraga a pisar la tierra negra de la carretera para colgarle guirnaldas de flores, mandarinas u hojas de coca y entregarle sus respectivas peticiones.
Peticiones
«¡La solicitud! ¡La solicitud! Entréguele la solicitud para que la firme, señorita Clara», gritaba un aymara en la siguiente aldea cuando Fraga hacía ademán de volver al Nissan con pétalos amarillos y violetas en vez de pelo. El presidente de la Xunta estampó su firma en la petición y advirtió que él no era quién para realizar los sueños de las aldeas perdidas de Los Yungas.
En Yurija le pidieron la luz eléctrica; en Puente Villa, una capilla; en Las Lomas, un colegio; en Chirca, una casa para el cura; y así sucesivamente hasta recorrer las ocho aldeas que salpican la pista de piedra y tierra del sur de Los Yungas. Los más sensatos o los menos ingenuos fueron el puñado de habitantes de Sirupaya: «Háblele al mundo de nosotros; que existe esta aldea y que tiene necesidades».
Programa alterado
Las paradas intermitentes e imprevistas en los poblados de camino a Chulumari rompieron los esquemas de la expedición, en cuya cabeza Fraga iba acompañado por el embajador español en Bolivia, el gallego Manuel Viturro, y el prefecto de la región de La Paz. Las reiteradas bienvenidas acumularon retraso en el programa oficial. Por eso, en las últimas paradas obligadas, el político gallego sólo se alejaba un par de metros del coche: «Tenemos un programa que cumplir», espetaba a unos soñadores e ilusionados indígenas, cuyas mujeres se vistieron con las mejores galas, hicieron banderas para que las sacudieran los niños y se jugaron la vida para atar hortensias a los cromados de los todoterrenos de la comitiva.
¿Pero, por qué Fraga fue rey por un día en Los Yungas? Porque es una región humilde e inaccesible en la que nunca habían visto tantos coches juntos, porque la Xunta, en colaboración con la Unión Europea y organizaciones no gubernamentales, financia un programa de cooperación para la región por valor de quinientos millones de pesetas, y porque la infelicidad incita a soñar con la aparición de un mister Marshall detrás de los cristales tintados de un vehículo, aunque no hable inglés.
De noche, de regreso desde las montañas tapizadas de vegetación selvática hacia las cumbres nevadas que rodean La Paz, ya no había aymaras en las puertas para presenciar el paso de la comitiva, las hortensias atadas a los todoterreno estaban mustias y se desconoce si los habitantes de las aldeas de Los Yungas seguían soñando con sus peticiones en el interior de sus casas de tejados de zinc.