Espido Freire: «El verano en Galicia era vivir lo que leía en ''Los Cinco''. Lo tengo idealizado porque soy hija de emigrantes»

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La escritora Espido Freire en el 2019 en Compostela.
La escritora Espido Freire en el 2019 en Compostela. SANDRA ALONSO

«En 1983 perdí el paisaje de mi infancia a la vez que perdí a mi abuela», revela la escritora, que hace una memoria altamente literaria y personal en «Guía de lugares que ya no existen». Para viajar pertrechados de historias

13 mar 2026 . Actualizado a las 16:41 h.

En invierno era Euskadi, y en verano, Galicia. Espido Freire (Bilbao, 1974) era dos personas, dos niñas que se reunían en el tren que conectaba las dos patrias de su infancia. En invierno se aplicaba en estudiar ajústandose a la rígida rutina de la temporada escolar en el País Vasco. En verano saboreaba la libertad en Galicia. Hoy ese pasado es literatura.

«¿Qué hacer no solo con los lugares, sino también con la gente que ya no está? ¿Existen los lugares a los que no vamos a volver, la casa de los abuelos que se tiró? Sí pero no», tantea la autora, premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes por Guía de lugares que ya no existen. El mayor bien inmaterial que tenemos es una de las obsesiones de esta gran «intérprete» de Jane Austen, entre otros clásicos que hoy marcan tendencia.

—Viajera real e imaginaria. ¿Cómo hizo la selección de destinos de esta guía?

—Hay un género que me entusiasma, el libro de viajes. Tengo una relación muy íntima con los fines del mundo, no solo Finisterre sino con otros como Cornualles... Al final me quedé con mis favoritos, que son los literarios, los de corte emocional. Siempre he estado entre mis raíces gallegas y mi origen vasco. Una viajera vocacional como soy, o una turista a la que le gusta ser viajera, antes y después tenía que acabar decantando esas obsesiones. Y aquí están...

—Bilbao fue el primero de los lugares que perdió, con una riada que invita a pensar que lo que ocurre no es nuevo, ya pasó. ¿Fue aquel el primer paraíso perdido?

—La riada del 83 fue una riada que a mí me encontró en Galicia; estaba agonizando mi abuela. Cuando volvimos a Bilbao, me encontré con el paisaje devastado y con la noticia, según llegamos a la estación de tren, de que mi abuela había muerto esa misma noche. Yo perdí, a la vez, el paisaje de mi infancia y a la primera persona amada en morir en la familia.

—El tren es el medio que más atraviesa su obra. ¿El más literario de los medios?

—Para mí, sin duda. Y el que me permite organizar el espacio literario como si fuera mi casa. A diferencia del coche, por ejemplo. Yo no conduzco, me conducen. Algunos trenes en los que he viajado yo, como el Transcantábrico o el Orient Express, te permiten habitarlos. En el tren eres parte del recorrido. Puedes mirar por la ventanilla y fantasear. En el tren han surgido novelas y encuentros con otros escritores.

«En Galicia yo aprendí los nombres de los animales, de las plantas, de todo. Todo ahí era intenso. Lo tengo idealizado, es que soy hija de emigrantes»

—«En el tren el tiempo se detiene», escribe. Esto en el avión no sucede, ¿no?

—No sabría decirte por qué, tengo la misma impresión. El autobús es una sala compartida, mientras que el tren es, para mí, una habitación propia. Hay una frase de Tormento, de Pérez Galdós, que dice «un tren que se va es la cosa del mundo que más se parece a un libro que se cierra». «Cuando los trenes vuelven, abríos, páginas nuevas».

—Invierno en Euskadi, verano en Galicia. ¿Cómo recuerda aquel contraste?

—En Galicia se detenía el tiempo; la vida era más real. Era vivir lo que leía en los libros de Los Cinco. Había una conexión con la naturaleza. En Galicia aprendí los nombres de los animales, de las plantas, de todo. La infancia es el tiempo de la eternidad, en que los padres son jóvenes y los abuelos están vivos. Todo ahí era intenso. Lo tengo idealizado, es que soy hija de emigrantes...

—Como decía Matute, no nos desprendemos de la infancia, y esto se paga.

—Sí, sí. Yo fui una niña muy querida, mimada, pero en la temporada de invierno, en Euskadi, las normas eran rígidas. El contraste entre uno de los puntos y el otro era tan grande que podrían ser dos vidas. Yo era dos personas. La vuelta a Galicia estaba todos los años cargada de ritual. Yo era muy de ceremonias, de cuentos.

«Rosa Montero decía que en el pasado de casi todos los escritores tuvieron una enfermedad larga. Yo pasé temporadas en cama, y ahí estaba la hora del cuento»

—Hay que ser de cuentos. Muchas autoras, como Carme Riera o Mariana Enríquez, tenían abuela cuentista.

—Rosa Montero decía que en el pasado de casi todos los escritores tuvieron una enfermedad larga. Yo pasé temporadas en cama, y ahí estaba la hora del cuento. Si tenía fiebre, mi madre pasaba horas sentada a mi cama leyendo, sobre todo libros de mitología... Yo tuve esas enfermedades largas, y tuve quien me contara historias. Yo le contaba después esas historias a mis compañeras del cole y a mi padre, que solía pedirme: «¡Cuéntame un cuento!». En ser escritor cuenta haber tenido a alguien que te transmitiera la pasión por la palabra.

—¿«Todo libro sobre el camino de Santiago es fallido», como escribe en esta guía?

—No es del todo real. El camino de Santiago es inacabable. Es un patrimonio peculiar, y cada uno tiene un vínculo particular con los Caminos que ha hecho. Quiero decir que hay una implicación personal profunda en qué significa el Camino para cada uno de nosotros.

—¿Cuál es la clave del nuevo éxito entre los jóvenes de clásicos como Jane Austen, Emily Brontë o Mary Shelley?

—Hay una vuelta a los clásicos, que son clásicos por algo. Muchos triunfan porque incluyen el romance, y algo que el público actual está leyendo muy bien es la idea de pasión.