Jung Chang, el «cisne salvaje» que voló de la China de Mao: «Sentí asco y horror ante aquellas atrocidades, y pude escribir sobre ellas»

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La escritora Jung Chang.
La escritora Jung Chang. Aernout Zevenbergen | EFE

Salió de la «jaula» que era China en los 70 hacia el Reino Unido, fue obrera siderúrgica y electricista. La autora de la biografía crítica de Mao ha cosechado 15 millones de lectores, superado un cáncer y la huella de un dictador. La obra de este «cisne salvaje» que acaba de visitar España está prohibida en su país natal

21 feb 2026 . Actualizado a las 19:09 h.

A la China de los últimos 120 años, pero también fuera de una «jaula» de sistema que prohibía los libros, los paseos por los jardines y las bodas con extranjeros, nos lleva Jung Chang (Yibin, 1952) en Vuelan los cisnes salvajes, memoria literaria de varias vidas que hacen de lo íntimo un fresco social e invitan a emprender el vuelo del estanque de las ideas preconcebidas. Hace años, Jung atrapó a 15 millones de lectores en 40 idiomas con sus Cisnes salvajes. Tres hijas de China. Hoy esta ave peculiar,  vuelve a novelar la verdad de su propia vida desde la historia de su abuela, y el vendaje de sus pies de niña, el optimismo invencible de su madre, que le decía a su padre por no llevarla a un hospital a dar a luz: «Eres un buen comunista, pero un pésimo marido», y retrata una China que Occidente conoció de refilón hasta la masacre de Tiananmen.

Esta crónica rebelde tiene la épica depurada de la intimidad.

—Cuando tenía solo 14 años la Revolución Cultural truncó su adolescencia. Como ha cambiado su mirada sobre aquello, cómo ve hoy a aquella joven de 14 años que vivió la opresión y logró salir de la China de Mao?

—Estoy orgullosa de esa yo más joven que vivió en el 66 el inicio de la Revolución Cultural. Había muchísima violencia, grandes atrocidades en mi colegio. Mi yo joven sentía asco y horror, mientras que otros adolescentes no. Me gusta ese lado de mi yo joven, que nunca participó activamente en la Revolución Cultural, que quedó como una observadora. Así fui capaz de escribir sobre esos horrores muchos años después.

­—Esa libertad de pensamiento y su vigor como persona tienen una piedra angular, una madre feminista, esa madre que siempre la alienta a decidir por sí misma y le dice cuando usted vuela al Reino Unido: «No te conviertas en la Nora de ''La casa de muñecas'' de Ibsen. ¿Es esta la clave de su fortaleza y determinación?

—Creo que tienes toda la razón. He heredado muchas cosas de mi madre. Admirar a mi madre me hizo querer hacer las cosas de otra manera, seguir el ejemplo que ella fue para mí. A día de hoy, con estas herencias, me siento una mujer plena.

«Occidente hizo una mala lectura de Mao. Incluso hoy no se pone a Mao al lado de Hitler y Stalin. Y ha sido en parte porque China es un país remoto y Occidente sabía muy poco sobre China»

—¿Ve justa la mirada de Occidente sobre el régimen de Mao, tras Tiananmen y la China que llegó después?

—Creo que Occidente hizo una mala lectura de Mao. Incluso hoy no se pone a Mao al lado de Hitler y Stalin. Y ha sido en parte porque China es un país remoto y Occidente sabía muy poco sobre China. Mao tenía además esos admiradores de la política de izquierdas y de derechas... Y académicos, los llamados escolares chinos, que no decían la verdad en voz alta. Tiananmen fue después de que Mao muriese y se abriesen las puertas de China. Abrió los ojos de muchísimas personas sobre la naturaleza de este régimen comunista.

—Esa especie de alienación mental colectiva lleva a visualizar a los miles de víctimas que hacen falta para sostener un sistema totalitario. ¿Todavía existe hoy ese tipo de masa acrítica que puede sostener un poder totalitario en China?

—No creo que las personas apoyen un sistema así voluntariamente. Es que no hay nada que las personas puedan hacer... Por eso, la democracia, por horribles que se pongan las cosas, sigue siendo infinitamente mejor que una dictadura. En una democracia algo se puede hacer.

—¿Ve Maos en el mundo de hoy? ¿Xi Jinping es un claro heredero de Mao?

—El dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un. Los dictadores de Corea del Norte. En cuanto a Xi, hasta la fecha no le he visto ese lado inhumano tan brutal de Mao, totalmente despiadado, hasta matar de hambre a millones de personas. Pero por supuesto adora a Mao.

—¿Se parecen el «América primero» y el «Una sola China» de Xi?

—Son cosas totalmente distintas para mí. Las personas en Taiwán están pensando que no quieren vivir bajo un régimen comunista. Este deseo de Pekín es un tema más humano que territorial. Lo de «América primero» de Trump no es eso. Trump dice cosas contradictorias. Me parece que quiere hacer que EE.UU. sea fuerte, pero no lo he estudiado. EE.UU. es nuestro amigo a pesar de Trump. Es una democracia y favorece el interés occidental.

—¿Escribe para hacer justicia, una suerte de justicia poética?

—Hablando de mis libros, creo que una cosa que sí que han logrado es darles a las personas más comprensión sobre China y la gente que vive allí. Yo me tomo en serio la literatura, contar en ella la verdad de los míos, una imagen certera de la realidad. Yo no tengo agenda política, ni quiero lanzar proclamas, solo escribo cosas de la manera más veraz que puedo.

—Inevitable dejar de lado la figura de Jon, su marido, amigo y todo, y ese amor «a segunda vista» que revela...

—¡También hay romance, sí, pero no es necesario a dar todos los detalles! Viajamos juntos a Madrid en los 80 tras conocernos y recuerdo a Jon haciéndome correr al Prado para ver el Bosco. No suena normal... Las sorpresas de Jon no eran joyas ni flores. Sus sorpresas de amor eran ir de paseo al museo. O estar en Rusia cuando cayó el comunismo, el día después de que Gorbachov fuera liberado.

[La llamada de su madre, de 95 años, interrumpe esta conversación]

—¿Se siente dividida entre su China natal y su identidad como ciudadana británica?

—En absoluto. Londres es mi hogar. Pero nuestra casa allí está decorada como si fuera un minimundo chino. China es el país sobre el que escribo y nunca dejo de preocuparme.