Víctor del Árbol: «Heredamos los traumas de nuestros padres, está demostrado. Es una falacia creer que podemos inventarnos»

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Andreu Dalmau | EFE

«El campo de batalla hoy es la palabra; quien gana el discurso construye la realidad», afirma el escritor que fue Mosso d'Esquadra. «Las buenas intenciones» cierra su trilogía del sicario sin nombre, una ficción que retrata «la moral del estúpido de Trump»

23 ene 2026 . Actualizado a las 13:59 h.

Lugar pequeño, infierno grande, dicen las abuelas de la aldea e invita a pensar Víctor del Árbol (Barcelona, 1968), premio Nadal 2016 por La víspera de casi todo, que teje una nueva tela de araña de estricta actualidad en la novela que cierra su trilogía del sicario sin nombre. En tiempo de fieras, el peor de los actos usa el disfraz de las buenas intenciones. El paisaje tiene en esta nueva historia, protagonizada por la periodista Clara Fité, la densidad emocional que distingue al autor que fue Mosso d'Esquadra y caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. La violencia es un territorio que él domina, que explora armado de valor, frases a fuego y un incómodo conocimiento de los matices y las contradicciones humanas. Hay una profesionalidad infrecuente, cercana, personal, en Víctor del Árbol, que creció en Torre Baró, en ese barrio hecho a sí mismo cada noche que logró el Goya con El 47.  Hijo de migrantes andaluces y extremeños, el autor no olvida a su primera maestra, su madre, que lo dejaba de niño en la biblioteca para poder ir a trabajar. La discreción, como la atención a las personas y los detalles que esconden la diferencia, son herencia de su madre, gran lectora.

­—¿Cerrar su trilogía del sicario sin nombre con «Las buenas intenciones» era el plan establecido desde el principio?

—Sí, porque el arco narrativo de los personajes lo pensé como un todo. Lo que, en principio, iba a ser una novela, Nadie en esta tierra, no permitía abarcar todo ese mundo, todo ese desarrollo.

­—Lo veo un autor meticulosamente racional. Pese al bosque emocional que encontramos en sus tramas, hay siempre un plan implacable, un análisis frío. ¿Es así?

—Bueno... Cuando escribes, hay que tener un propósito claro. Antes de empezar yo respondo a dos preguntas: ¿por qué? y ¿para qué? En ese sentido, sí que soy muy racional. Pero luego me dejo llevar por lo pasional. Y tú sabes que las emociones son un bosque sin fin. Sin una brújula, pasa como en la vida, que te acabas consumiendo en nada. Hay que saber sopesar equilibrio, estructura, técnica, pensamiento y, al tiempo, sí, dejar que fluyan las emociones. Es el sentido de la literatura.

­—Hay siempre un destino trágico en las relaciones que trama en sus novelas. Hace pensar en ese título que dice «El desapego es una forma de querernos». Un ejemplo es la relación de Clara Fité con el sicario que narra esta historia...

—Es cierto. Hay un verso que creo que me define mucho: «Te quiero como me gustaría quererte». Es esa melancolía, ese poso melancólico de saber que somos mejores de lo que hacemos. En el pensamiento, en intenciones, siempre somos mejores de lo que hacemos las cosas. Y este es el sentir de todos mis personajes, más allá de lo que está bien. Pero hay un fatum que nos empuja...

«Mis novelas buscan más la ética que la moral. La moral es una cosa individual y la ética afecta a lo colectivo. Defiendo la ética, pero no entro en juicios de valor de lo que piensa o siente cada persona. Lo importante es el efecto que tiene sobre el resto...»

—La frontera entre el bien y el mal está claramente trazada. ¿Es inmune a la duda?

—Hay quien dice que mis novelas son muy moralistas. Y es curioso, porque yo lo veo en sentido opuesto: mis novelas buscan más la ética que la moral. La moral es una cosa individual, de creencias, y la ética afecta a lo colectivo. Defiendo la ética, pero no entro en juicios de valor de lo que piensa o siente cada persona. Lo importante es el efecto que tiene sobre el resto. Estamos muy dispuestos a juzgar al individuo; y a mí me interesan las consecuencias. Por eso creo personajes complejos. Porque los seres humanos somos de todo menos sencillos.

­—Lo dice citando a Marco Tulio Cicerón en la novela: «No hemos nacido solamente para nosotros». La intimidad brilla en medio de esta trama criminal de poderes conchabados. ¿Todos sus personajes emprenden un viaje de redención en la mayoría de los casos imposible?

—Cada personaje vive esa redención a su manera... Clara Fité se niega a doblar la rodilla ante el poder y tiene esa visión ingenua como periodista; sigue pensando que la verdad importa. O el propio sicario, que en realidad lo que quiere es dejar atrás su vida y tener un rancho en Texas con su familia para dedicarse a la ganadería...  Todos tienen un viaje de redención que llevan hasta el final o no. Unos sí y otros no. Esta novela me parece muy hermosa en ese sentido, muy hermosa porque es muy trágica. A veces el camino de la redención se nos ofrece en la cabeza como una posibilidad, pero somos lo que somos. A la hora de la verdad cedemos donde cedemos y nos comportamos conforme a nuestros miedos y debilidades. El miedo es muy humano. Es hermoso ese camino de intentar ser, de liberarnos de todo ese peso y ese entorno que nos condiciona, pero no podemos dejar de ser de donde somos y lo que somos.

­—Ese peso del contexto está en todas sus novelas. Desnuda y descuartiza el poder del clan, desde el que se ejerce en la familia o en la comunidad de vecinos hasta el que mueve en alianzas las altas esferas: la empresa, la política, el poder eclesiástico...

—No es que volvamos al pasado, es que el pasado siempre nos acompaña. No nos determina, pero nos condiciona. La relación que has tenido con el poder (sea el poder de la familia, el poder religioso, la violencia...) condiciona la visión de la vida. La paradoja de la novela es que ninguno de los personajes que utiliza el poder en su propio favor acepta ser corrupto, o un delincuente, o una mala bestia. Cada uno encuentra su justificación. Me interesa la epigenética, que es una ciencia densa, que demuestra que no solo heredamos los rasgos físicos y caracteriales de nuestros padres, también sus traumas. Es una falacia pensar que uno puede inventarse. En la novela, el caso de Orestes el Chipriota es paradigmático, cómo explica por qué la corrupción es un mecanismo necesario para que la sociedad funcione, cómo explica por qué ese grifo no puede cerrarse, qué pasaría si todo el dinero de la delincuencia organizada no fluyera a la economía natural a través de la construcción y una serie de cosas. Este es un relato muy perverso, con el que funciona mucha más gente que ostenta el poder. 

El escritor en Muxía en el 2016.
El escritor en Muxía en el 2016. XESÚS BÚA

­—¿Tiene un traslado a la actualidad?

—Claro, fíjate si ese paradigma se ha convertido en realidad que estamos viendo lo que estamos viendo. El otro día le escuché decir a este estúpido de Trump que él solo actúa en función de moral. Pensé: «Efectivamente, la moral de un capitalista sin límites, desatado, lleva a este mercantilismo absoluto, donde incluso la democracia se convierte en terreno para la especulación, ¡todo está a la venta!». Clara Fité, por ejemplo, quiere ser una periodista «decente»... Y hoy de la decencia se habla casi con vergüenza. Hoy esos valores ya no es que no estén de moda, es que se combaten. Son más importantes las leyes del mercado que los derechos humanos. Yo trato de reconducir a todos mis personajes a esos valores básicos. 

—¿La literatura es el único lenguaje donde es posible la verdad?

—Donde es posible la justicia poética, que sirve para dar voz a los que no la tienen, para fijarse en los detalles. Y pensar. La literatura está para desmontar el discurso perverso del poder. Pero esto no tiene nada de moral. Yo no soy un predicador, pero en este momento hay que recordar lo básico. 

«Hoy el campo de batalla es la palabra. Quien gana el discurso gana la realidad, construye la realidad»

—«Vivimos en el tiempo de las fieras», me decía en una entrevista a propósito de la segunda entrega de esta trilogía negra. ¿También en el de «las buenas intenciones»? Incluso Trump podría ser Nobel de la Paz hoy... 

—Eso debe creer él. Hay quien dice: «A Maduro había que sacarlo de allí», pero respetando el derecho internacional. Porque, por la misma regla de tres, nadie ha detenido a Netanyahu o a Putin. Eso ya no es doble moral, es cinismo que no se esconde. Lo que no puede imperar es la ley de la selva. Quien no puede vencer es el sicario, la lógica de la frialdad no puede gobernar el mundo. ¿No se si has leído El extranjero? Es la lógica de Camus, ¿cómo vamos a vivir si no nos importa nada, ni el vecino, ni siquiera nosotros mismos? De ninguna manera. 

—El protagonismo en la novela final es para Clara Fité. 

—Sí, con el componente adicional de esa relación tan extraña, de atracción y repulsión, con el sicario. El deseo es complejo. Quería que en esta novela la protagonista fuese Clara porque una de las batallas decisivas de nuestro tiempo se está librando en el territorio de la información. Escribo precisamente para esa gente que no quiere renunciar a la decencia.

—Ni al relato dominante, ¿no? Se revela también en su elección de lo que, a priori, se plantea como un caso de violencia vicaria con dos niños muertos y un padre sumido en años de silencio. 

—Estamos tan bombardeados por el pensamiento dominante y ciertos intereses informativos que tendemos a formarnos una opinión rápida y pasamos a lo siguiente. Nos convierten en opinadores. Hay que tratar de ver, detrás de la apariencia de todo esto, cuál es la verdad. Necesitamos la pausa, pausa para tratar de saber la verdad. La verdad muchas veces no nos interesa porque ya nos hemos formado una opinión. La verdad a veces es terrible [espóiler: verán que lo que aborda esta novela no es un caso de violencia vicaria, verán que los gemelos de esta novela se convierten en monstruos por sus padres]. Hay niños que se convierten en monstruos porque sus padres niegan una realidad, la ocultan y la transforman, aquí en la novela hay una verdad terrible: cómo los hijos pagamos las consecuencias de los errores de nuestros padres... Esa madre de los gemelos de la novela queriendo protegerlos los acaba convirtiendo en un par de desgraciados. No solo a ellos, sino a la gente que los rodea. ¿Cuál es la justificación de esa madre? «Yo quiero a mis hijos». Aquí están las buenas intenciones... 

—¿El poder de la palabra es el más definitivo?

—Hoy el campo de batalla es la palabra. Quien gana el discurso construye la realidad. La palabra subyuga, la palabra seduce, la palabra crea la realidad. Crea los miedos y las esperanzas. Si tú haces un análisis del tipo de lenguaje que se utiliza desde hace unos años, todo es prebélico, todo conflicto, todo es ansioso. Todo es crear desesperanza, y esto está muy calculado. Es una estrategia que no es de ahora, que viene del fascismo. Imagina si tiene poder la palabra... Puede servir para construir puentes o para construir trincheras. Depende de cómo lo utilizas, por eso intento ser un escritor muy consciente de lo que escribe. 

—¿Qué le une a Galicia, siempre presente en su obra?

—Es un territorio emocional importante para mí. Estuve muchos años casado con una gallega y visité durante mucho tiempo Galicia. En el momento en que pisé la Costa da Morte, pensé: «Este sitio habla de mí. Este es mi lugar». Quizá el paisaje es una forma emocional de entenderse, de conocerse. Pensé: «Quizá ese paisaje refleja lo que soy en mi interior». Esa vinculación afectiva permanece. Ahí me siento muy yo, y curiosamente yo soy del sur. He estado en muchos otros sitios y no he sentido lo que siento en Galicia. 

—¿Escribe mejor quien más vive?

—Cuanto más piensas, diría... Cuanto más piensas, mejor escritor te vuelves. Lo fundamental es la honestidad. Cuanto más honesto seas, mejor escritor serás. Yo valoro la honestidad por encima de todo, por encima del error. Yo aplaudo el error cuando es honesto.