Me enteré del cierre de la librería Lagun por una llamada de teléfono. Sonó en mi bolsillo mientras colocaba libros en nuestro rinconcito dedicado a Japón en Cronopios. Era un periodista de la Ser, me pedía un mensajito para sumarlo al de otros muchos libreros de toda España y emitirlos en un pequeño homenaje que desde el programa de Aimar Bretos querían hacer a la librería a punto de desaparecer.
Lagun abrió en San Sebastián en los años sesenta y recibió primero las amenazas y la hostilidad de los grupos de extrema derecha franquista y tiempo después las presiones, que fueron mucho más allá de las palabras, de los terroristas, que no admitían una posición contraria a su violencia. Una noche de Navidad los aberzales rompieron las cristaleras y pintarrajearon los libros, algunos, otros los sacaron a la plaza e hicieron con ellos una hoguera al más puro estilo nazis años treinta. Lo que no hicieron fue robarlos, ¿para qué? Todo eso al albur del siglo XXI.
En aquella ocasión, los libreros estuvieron a punto de echar el cierre, pero los clientes acudieron en masa a comprar los libros estropeados, dañados por el agua y el fuego y la inquina de algunos a la cultura y a la libertad. Se cambiaron de zona y allí siguieron veintitantos años más.
Los fundadores ya no están en el mundo de los vivos, lo que será un consuelo para Elena, la mujer que regenta ahora el comercio de libros que ha tomado la decisión de escribir la palabra fin a esa historia de amor. Eso son para mí las librerías, historias de amor que puede que acaben, pero no mueren nunca.
Las librerías, incluso si no son templos tan de referencia y valentía como Lagun, forman parte de la memoria emocional de las ciudades. Mucha gente no lo sabe y, aunque vaya a los eventos organizados con todo el esfuerzo por libreros entusiastas, al día siguiente compran en Amazon. Para otros, como esos lectores librescos que lloraban estos días sobre las estanterías que se van quedando vacías, cada verja que cae es una pérdida compartida.
No me gusta llorar, menos mendigar, pero igual que hay medidas de apoyo a los escritores, se podrían idear algunas para mantener vivas las librerías.
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