Ahora se llama Ventotene, pero en tiempos pretéritos esa isla del Mediterráneo se llamaba Pandataria y era el lugar de destierro de las mujeres patricias de dudosa moralidad en la antigua Roma. O sea, las que vivían la sexualidad como los hombres y no eran suficientemente discretas. Ya sabéis, aquello de la mujer del césar, además de ser honrada ha de parecerlo. Quien dice esposa dice madre o hija, como la de Augusto, que aburrida de los maridos que le escogía su padre, tuvo a bien retozar con Julio Antonio, el hijo del archienemigo paterno, Marco Antonio. El pobre de Julio, siguiendo la tradición familiar, hubo de lanzarse él mismo sobre su espada antes de que lo alcanzara la ira vengativa del primer emperador de Roma. A ella, Julia la Mayor, la esperaba el exilio en aquella cárcel de mar donde solo había mujeres y la subsistencia estaba complicada.
Augusto fue magnánimo y se ocupó de que hubiese un estanque de peces y una corriente de agua dulce para que su única descendiente no pereciera de inanición. Unos años después, rebajó la condena, aunque Julia nunca pudo volver a acercarse a un hombre.
Me he acordado de Pandataria al leer los comentarios de algunos lectores de titulares a la entrevista que me hizo Ana Abelenda el otro día en este periódico. Digo titulares porque leer páginas enteras es tarea ímproba e innecesaria. Solo necesitamos una frase para levantar o bajar el pulgar, encantados de dictar condena. No quiero hacerme la víctima porque no lo soy. Diciendo que siento debilidad por los hombres casados fui intensamente frívola, vagamente divertida, ligeramente provocadora y medianamente consciente de la afrenta que supone una mujer desnudándose porque obliga a desnudarse también a los demás.
Ha habido reacciones hilarantes, como la de una mujer que me invita a ocuparse de su marido. No recojo despojos a domicilio, pero menos mal que nos queda el sentido del humor y la capacidad de no tomarnos en serio a nosotros mismos. De lo contrario, yo misma aceptaría mi destino en ese islote volcánico en una de las bahías más hermosas del mundo. Si no tenemos la libertad, la risa y la ligereza, al menos que nos quede la belleza.