Así titulé un correo que le escribí a Luis Landero el otro día, después de despertarme o más bien, después de sentirme arrojada a la vigilia desde algún lugar oscuro de esos que dejan a veces los sueños, a menudo pozos de incertidumbre y de inquietud de los que una huye con solo el camisón puesto hacia un espacio más sereno, como si la consciencia trajera caminos seguros y veredas verdes y no se presentara como un laberinto lleno de ambigüedades e incertezas.
Amanecí pues y busqué en mi memoria la dirección que un día, en la puerta de un salón de actos, el escritor me diera. Por supuesto, la había olvidado, tener curiosidad no incluye tener un cerebro plástico y una vez escritas mis absurdas palabras busqué a alguien que conociera a alguien que supiera de alguien que me facilitara la correcta dirección.
Había engaño en el enunciado, librera no soy demasiado y taciturna en ningún caso, pero quizás él lo hubiese preferido, que yo fuese una mujer hosca y pensativa que no se hubiese atrevido a sentarse junto a él en la sobremesa de una cena de entrega de premios. Eso había hecho la noche anterior, ocupar una silla convenientemente vacía y pedirle al camarero «póngame lo mismo que al caballero», como si en lugar de en el Parador estuviéramos en un bar de NY. De modo que, queriendo él o sin quererlo, más bien lo segundo, nos tomamos juntos un aguardiente de hierbas y en nuestra conversación, empujada por mi descaro y su buena educación, salió esa palabra, taciturno, bellísimo vocablo que nos tuvo dando vueltas sobre él y que en la madrugada insomne se me apareció como la constatación de que había sido torpe, impertinente, abusiva. Me disculpé por mi actitud invasiva siéndolo una vez más.
A menudo para salir de un camino equivocado no queda más remedio que avanzar por él, así que le escribí unas palabritas y me sentí, mientras tecleaba con mis dedos torpes, como Marcial, ese personaje de Una historia ridícula, un empleado de un matadero que sabe utilizar los cuchillos y el idioma, autodidacta y atrevido, culto y pagado de sí mismo, un pobre diablo que, al enamorarse de la persona equivocada, tomará conciencia de su insignificancia.
Si Landero me respondió o no, da para otro capítulo.