La maestra argentina del terror, que visitó Galicia este verano con parada en la Heladería Colón, ofrece un retrato multisabor y adictivo de Silvina Ocampo en «La hermana menor», que tiene el sabor de las primeras veces...
18 ago 2022 . Actualizado a las 18:49 h.Hace un mes que voló de Galicia, pero está con Nuestra parte de noche y Bajar es lo peor en el trono de las ventas del verano en Galicia, según los datos más recientes que ofrecen librerías como Moito Conto o Numax. Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), esa monstrua del terror que supera tus peores pesadillas, se vino «acá» mediado julio a descubrirnos la cara oculta de América, otra clase de historias, otros aires (supurantes, fantásticos, románticos, fatales) del vasto y fértil territorio que es la literatura argentina. Y nos regaló cuentos y algunas telas de sus fantasmas; el recuerdo de su abuela de Corrientes, quizá la madre legítima de su talento, también el de su abuela da Costa da Morte. La abuela coruñesa de Mariana era muy racional, «un poco siniestra», reveló en A Coruña. Aquí, de lo primero que hizo Mariana al aterrizar fue tomarse un helado de la Colón. El helado era de stracciatella, un sabor que nunca había probado de un helado que no se llegó a terminar, me sopla la librera Esther, de Moito Conto, que la recibió con frío dulce. No debe ser fácil comer con tanta literatura en la boca...
Mariana conversa cruzando la distancia al otro a pie, es una fabuladora peatonal, aunque se le dé de miedo la novela de carretera. Y así escribe. Y así se lee, con el placer de un caminante sin pulsera cuentapasos, en La hermana menor, un retrato de Silvina Ocampo (undécima edición en cuatro años) que hace descubrir y querer de otra manera (lenta, con reservas, sin ardores efímeros) a la autora de El viaje olvidado y Las invitadas, la menor de seis hermanas en una de las familias más ricas y aristocráticas de la Argentina del XX. «Silvina sabe esconderse. Silvina es secreta», enciende Enríquez en este perfil elaborado con testimonios de amigos, parientes y albaceas que nos adentra hasta la pobre cocina de la mansión de los Ocampo, en sus demonios envueltos en fastos. Y en las dotes como bruja de Silvina, en su matrimonio con Bioy Casares y su relación con la suegra, en el triángulo de las Bermudas que la pareja formó con Borges (tan humano, grosero, en este retrato), donde es fácil y nada seguro seguir la pista de infidelidades. La presencia del relato está llena de grandes desaparecidos. ¿Amó Silvina a Alejandra Pizarnik? ¿Se suicidó Pizarnik porque Silvina no atendió su llamada? La respuesta no es un golpe. Mariana indaga a pie, titubea en los sitios, no da nada por sentado. Nos acerca la realidad que arde debajo, te acaricia con manos frías.
Descubrir a Silvina de la mano de Mariana es comerse un helado. No sabría decir el sabor.