José Antonio Marina: «La experiencia en sí no enseña nada, hay que querer aprender»

FUGAS

«El valiente es muy valorado, pero el valiente puede ser un asesino», apunta el profesor y filósofo, que revela la cualidad que más nos define como humanos

22 may 2021 . Actualizado a las 10:39 h.

Distinguirse es una pasión universal, «desde las tribus prehistóricas a los nacionalismos de hoy», advierte el filósofo José Antonio Marina (Toledo, 1939), que explora en Biografía de la inhumanidad los grandes errores de la historia, haciendo hincapié en las pulsiones contradictorias que las personas llevamos incorporadas de serie, con un repaso riguroso de nuestros horrores, pero con un soplo de esperanza. Es esta una genealogía del ser humano a través de sus acciones más crueles e insensibles. ¿La humanidad tiene una larga historia o la nuestra es, más bien, una historia de inhumanidad? «Son las dos cosas y esto es lo que hace interesante el asunto. Venimos con instintos opuestos, la agresividad y la compasión, y la compasión es la emoción que más nos define como humanos», responde Marina.

­-Pero sobre la compasión, en general, predomina el egoísmo... «Lo primero es lo mío, después los otros».

-Hemos vivido en pequeñas sociedades dos millones de años. El cambio se produjo cuando empezamos a vivir en ciudades, y tuvimos que ampliar a desconocidos los sentimientos dirigidos a la tribu pequeña, a la familia. Eso entraña una dificultad grande. Todas las culturas han intentado frenar la agresividad y fomentar la colaboración, pero a veces sigue emergiendo ese instinto tribal de «Estos son los míos». Es un instinto natural, pero agresivo y peligroso.

—¿El egoísmo es antisocial?

—El comportamiento egoísta es bueno para el indviduo y el comportamiento generoso es bueno para el grupo. Es difícil encontrar un equilibrio.

­-¿Socialmente hemos ido a peor?

-No, con el tiempo se han ido dulcificando las cosas. Lo que ha hecho la historia de las culturas en su evolución es poner sobre todo tres barreras a las explosiones de agresividad: la afectiva, que fomenta la compasión y ayuda; la segunda presa son los sistemas morales y jurídicos, y hay otra barrera: las instituciones, entre ellas el Estado. Si esas tres presas se derrumban, se crea un tobogán hacia el horror.

-¿Es posible en realidad el equilibrio entre compasión y progreso?

-Claro. Hay que fortalecer las tres presas. Al explicar los mecanismos psicológicos y sociales que funcionan en la aparición de la atrocidad, sabemos cómo evitarla. Convertir, como se hace ahora a veces en política, a la persona en enemigo es deshumanizarla. 

—¿Esa dialéctica amigo-enemigo no es más virtual que real?

—Es que las redes se han convertido en altavoces del odio y la furia, que son muy fáciles de despertar y difíciles de controlar. Podemos se ha basado mucho en la obra del jurista alemán Carl Schmitt, que decía que la política es la dialéctica amigo-enemigo, nada de consenso. Eso te pone en una situación social muy precaria. Pongo un caso notorio, Trump, que ha estado metido en pleitos siempre.

-La valentía es un valor más reconocido y valorado que la compasión.

-Sí, y es un buen ejemplo para lo que yo llamo la ley del doble efecto. El valiente es muy valorado en todas las culturas, pero el valiente puede ser un asesino. La compasión está en hoy, especialmente en España, muy desprestigiada. Y esto es a causa de una confusión tremenda. Cuando alguien dice: «No quiero compasión, quiero justicia», se equivoca en dos cosas. En pensar que tener compasión es dar limosna y en ignorar que la compasión es previa a la justicia.

—Repasa en su libro todos los horrores del XX.

—Pero también reflejo que existen personas justas... Hay dos casos colectivos: el pueblo francés Le Chambon que ocultó a los judíos durante la invasión nazi, ¡el pueblo entero!, y Dinamarca se opuso a que los nazis deportaran a sus judíos y no los deportaron