Eduardo Halfon: «La 'no ficción' no existe, todo es ficción»

«A veces mi hermano me lee y dice: 'Eso no fue así'», revela el escritor, que reconstruye el secuestro de su abuelo en la novela «Canción»

Halfon asegura que no fuma, el que fuma es su narrador
Halfon asegura que no fuma, el que fuma es su narrador

Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) no es Eduardo Halfon. No es el Halfon que fuma en sus novelas, aunque, como él, tuvo un abuelo que sobrevivió a Auschwitz y otro que fue secuestrado por la guerrilla guatemalteca, otro Eduardo Halfon que inspira Canción.

«Nunca he estado por Galicia, es de difícil acceso. Como La Rioja, que se mantiene como medio secreta. Me encanta eso...», dice como disfrutando un cigarro. Su visita a Lugo prevista para el año pasado se canceló por el covid, «y el mundo no ha vuelto». El confinamiento lo pilló en París, en «un París desolado, triste, donde no podías salir...». Pero ahora vive en un pueblo en el sur de Francia, «en una casita». «Aquí se siente menos la pandemia, porque es pueblo», asegura quien busca de siempre «la soledad, el silencio». El autor que nos noquea con El boxeador polaco, donde cuenta la historia secreta del número que su abuelo lleva tatuado en el antebrazo, se ha vuelto «casi antisocial».

­-«Llegué a Tokio disfrazado de árabe», comienza «Canción», que recuerda a un abuelo libanés «que no es libanés». Muy Halfon. ¿Lo suyo es una falsa biografía? Sitúenos.

-Te sitúo muy fácil. Solo escribo ficción. Pero toda ficción es autobiográfica. Toda. La de Munro, la de Flaubert, la de Bolaño... Flaubert decía: «Madame Bovary soy yo». Yo le quito el velo a mi narrador, le doy mi nombre, le presto mi biografía. Pero yo no fumo y su personalidad es muy diferente. Este narrador nació en el 2008, en El boxeador polaco, que era inicialmente un libro de seis cuentos, seis episodios en la vida de un tal Eduardo Halfon. Pensé que eso era todo, y no. Dos años después, uno de esos cuentos se volvió capítulo en La pirueta. Tres años después, otro se volvió capítulo en Monasterio. Luego ocurrió con Signor Hoffman, después con Duelo y ahora con Canción. El boxeador polaco empezó a engendrar libros, hijos, como si fuera un libro madre. ¡Es como estar escribiendo una novela en marcha! Toda la escenografía de mis libros es mi vida, él es de Guatemala, con familia judía, familia árabe, vivió en EE.UU., tiene barba... Pero el drama que sucede en el escenario es ficción.

-¿Pero usted nació o no en un callejón sin salida, en agosto del 71?

-Sí. Y había un Volvo color verde jade... Pongo en el escenario de las novelas los props de mi vida. Y el lector entra en un libro que cree absolutamente verdad. ¡Y no lo es! Herzog habla de una verdad extática, visceral... Yo busco esa verdad emocional. La verdad hay que sentirla.

-¿Escribe más en busca de verdad o de consuelo?

-De consuelo jamás. Mi necesidad de escarbar en mi familia viene de otro lado, no sé... No es nostalgia. Busco las historias, trato de descifrar algo, pero al final de escribir no entiendo más. Esa búsqueda la comparto con mi narrador, que está, como yo, muy desorientado.

-Se pierde porque quiere. Y tiene mucho sentido del humor...

-Sí. Es un humor irónico, judío. Hay tanta solemnidad en el secuestro de mi abuelo que tiene que haber humor. Es una válvula de escape. Desde el principio he usado el humor de esa manera, y el erotismo. Diría que Canción es un libro muy japonés, muy libanés, muy guatemalteco y muy norteamericano en ciento y poquito páginas. Yo me siento cómodo en la contención. Escribo por fragmentos. Empiezo a escribir algo anárquico, no estoy en control... Después vienen al menos dos años de trabajo de orfebrería. ¡Viene el ingeniero Halfon a poner orden! La pregunta es: ¿Cómo hago que el lector se conmueva? No quiero hacerte pensar, quiero hacerte sentir. Quiero que sintamos algo juntos.

-Un abuelo suyo sobrevivió a Auschwitz, otro fue secuestrado. ¿Es cierto?

-Sí, son dos hechos que te podría contar mi padre. ¿Pero cómo hacer que dos leyendas familiares se vuelvan universales? Ahí está la magia de la literatura.

-Al Halfon de la novela lo acusan de impostor. «Le dije que todo escritor de ficción es un impostor», escribe. ¿Es un impostor el Halfon real?

-Absolutamente. Los escritores somos todos una partida de impostores. Hay al menos dos imposturas del autor, me interesa la del escritor con sus personajes, sus títeres, y mucho menos esa otra impostura del escritor en el mundo, dando entrevistas, yendo a festivales en Zoom...

-Cuántos Halfon. ¿Con cuál hablo?

-El impostor de mis novelas se ha vuelto más real que el autor. Cuando me invitaban a festivales siempre me reservaban una habitación de fumador. Yo no fumo. Es un truco que hace más real el juego, para que leas como un niño.

-¿Es más hijo de la imaginación o de la memoria?

-De las dos. Empiezo un relato desde la memoria, pero luego esa memoria tiene que ser imaginada. Ya cambió. Hay historias que lee mi hermano y dice: «Eso no fue así».

-¿Le cambió la letra la paternidad?

-La vida del escritor no es para tener hijos, pero de pronto mi pareja resultó embarazada. Primero hubo que aceptar el embarazo y luego, a los 45, que nos iba a cambiar la vida. Tuve que poner mi escritura en pausa. No podía concetrarme, leer... Es un desafío y una belleza al mismo tiempo, un hijo.

-¿Sale muy transformado de cada libro que escribe, es algo catártico?

-¿Qué es lo opuesto de catarsis? Eso. Estoy peor al final que al inicio. Llego a la catarsis como lector, jamás como escritor. Llego al final y entiendo menos, y estoy como agotado...

-Como un parto...

-Puede ser, pero no he pasado por la experiencia. Cualquier cosa es más fácil que sentarse a escribir. Entiendo a los escritores que dejan de escribir. Soy capaz de verme callando.

-¿Odia la palabra «autoficción»?

-Sí. ¡Llamar a algo no ficción es ficción! Incluso unas memorias. No existe la no ficción. Todo es ficción y es a la vez autobiográfico. Suena contradictorio, pero no lo es. Cuando empecé a escribir, la moda era lo «metaliterario», ahora es la «autoficción», que tiene algo de petulante.

—¿Hay una herida inaugural de su literatura?

—No sé si hay una herida. Tal vez una cicatriz. Y quieres saber cómo llegó esa cicatriz a tu pierna, qué hice, qué no, cómo estuve involucrado, conocer la historia de esa cicatriz. Mi abuelo tenía la herida del Holocausto, yo no, yo ya no tengo esa herida, estoy más alejado.

—Su historia rompe el molde, los libros no arroparon su infancia, no fue un lector precoz.

—No, fui un lector tardío. En mi casa no había libros. Llegué a la literatura por accidente. Yo era ingeniero, pero quise estudiar Filosofía y con la Filosofía venían las Letras. Fue a los 26 años. Ahí empecé a leer como un loco. Es una larga historia.

-¿Un gran libro que se le resistió como lector?

-Hice ocho intentos con Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa. Y no lograba... Pero un día algo pasó, entré y me parece la gran novela latinoamericana del XX. Cada libro tiene su momento.

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