Una librería en el fin del mundo

Mercedes Corbillón, de Cronopios, firma este relato en primera persona sobre el poder vocacional de un sector que este viernes celebra su día con datos para la esperanza


El mundo no se acaba, al menos no por ahora, aunque nos muramos un poco más de lo recomendable y en los telediarios nos avisen de límites y colapsos a los que llegamos cada día aparentemente indiferentes al hecho de haberlos rebasado el día anterior. Sin alegría, eso sí, porque la alegría se nos ha ido cayendo poco a poco sin que hayamos podido sostenerla, ocupados como estamos en mantener la esperanza. Si eres librera tener esperanza se te da bien, por muy cínica que seas, has creído en algo o lo has soñado, que es otra forma de creer, y te has atrevido a pensar que era posible y donde había enemigos como los libros electrónicos, el desinterés general por la lectura, la inmediatez de las redes, el éxito de lo audiovisual y esa arcadia de los buenos tiempos ya era solo una frase en la boca de los más viejos, nosotras vimos solo preciosos molinos de viento. De viento y de palabras. Y las palabras moverían las aspas, y las aspas moverían las hojas de los libros, y los lectores, pocos pero no cobardes, seguirían pasando las páginas y buscando historias en las estanterías de las librerías, quizás besándose en la sección de antropología o subrayando con el dedo aquella frase que ha rescatado sus lágrimas del lugar donde estaban confinadas.

El día de marzo que nos echaron el cierre a todos, me senté en el suelo de Cronopios y lloré. Lloré durante horas, lloré como no había llorado nunca, lloré entre cajas de devoluciones y libros de poesía, lloré como cuando se pierde algo que es parte de ti, y lloré sabiendo que la vida sigue con sus latidos y sus exigencias a pesar de los corazones rotos y que para seguir adelante hay que tener el duelo hecho y la mente fría. Y dejé de llorar, y pasaron los días y las semanas y se subieron las persianas, se encendieron las luces, se abrieron las puertas y regresaron ellos, el ejército silencioso e invisible de seres que aman las librerías. Tal vez no salen en los telediarios, ni en los programas del corazón, pero existen.

Y mueven molinos de viento.

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