Manquiña: «Fernando Simón me recuerda alguna frase de 'Airbag'»

Abrirá el Festival de Curtas de Bueu con un monólogo sobre las situaciones más cómicas y ridículas de esta pandemia. Manquiña acentúa el sarcasmo del concepto


El concepto sigue siendo total para Manuel Manquiña (Vigo, 2 de agosto de 1953), que abrirá con un monólogo humorístico, el próximo viernes, 11 de septiembre, el Festival Internacional de Cortometrajes de Bueu. «Puntual en las citas, como tiene que ser...», me recibe al teléfono quien se viste de largo en el nombre. Él es Manuel Juan Francisco del Cristo de la Victoria Prieto Comesaña, pero se quita abrigo y sombrero en la conversación. «Hace años había estado en el festival participando con un cortometraje, como actor, y quedó un contacto abierto. Este año me llamaron para proponerme un monólogo. Esto fue antes del confinamiento y toda la catástrofe, y hace un mes lo retomamos y dijimos: 'Adelante'», cuenta.

­-No le gusta que lo encasillen en un grupo, ¿pero en qué lado está, el de los cumplidores resignados o el de los incendiarios?

-Jejeje. Yo estoy «encantado», entre comillas. Mi mujer a veces me dice: «¡Pero deja de insultar! Solo me generas malestar a mí, que nadie te está oyendo...». A veces me río con sarcasmo. Hay personajes en la política y en la sociedad que se sienten obligados a acertar siempre.

­-¿Pero aciertan?

-Bueno... Les cuesta mucho decir: «No tengo ni la menor idea», y cada día dicen una barbaridad diferente.

­-Hay mucho personaje en este drama.

-¡Claro! Sí, mucho personaje. Nos hemos enloquecido. Hoy todo el mundo opina, todo el mundo tiene que manifestar su opinión, todo el mundo exige ser respetado. Y en teoría está muy bien, pero en la práctica no funciona, porque les tienes que dar chance a los negacionistas. Les tienes que dar cuartel a los que dicen: «La mascarilla no sirve para nada». Hágansela, ustedes, aunque sea con un calcetín, pero protéjanse. Son cosas que si se tratasen con normalidad sabríamos defendernos mejor.

­-¿Este virus tiene muchos tentáculos y de distintos tipos?

-Tampoco soy yo un sociólogo, pero como humorista necesitas mostrar opiniones con la salvaguarda de un humorista. No tratas de sentar cátedra. Por eso hay ironía o sarcasmo.

­-Pero el humor pica, escuece...

-Depende de tu estado de ánimo. A veces somos crueles, otras nos quedamos. Pero esta es una situación muy delicada. Socialmente estamos tocamos, económicamente también. Estás tocado en la enfermedad. Pero vivimos rodeados de contradicciones. Hace poco nos decían que había que usar transporte público, después todo lo contrario. Si después de esta entrevista me llamaran diciendo: «Nos vemos obligados a suspender el festival» no me sorprendería. Te reconozco que atravieso distintos estados de ánimo. A veces estoy eufórico, digo: «Papapapapá, ¡este chiste funciona!». Otras: «¿Que me voy a contar? Un salón medio vacío, gente con mascarillas...». Y yo, ¿qué, actúo con mascarilla o sin mascarilla? Porque un actor cuando habla escupe...

-Escupimos todos.

-Pero el actor más, porque se pone enfático. Veo a través de las lucecitas del escenario unas salivillas. ¿Y ahora qué? Puedo decir: «Miren, les hablo a medio tono porque estoy un poco acojona'o». Es ridículo. Queremos llevar una vida normal, pero no lo es.

-Te sientes poco libre, tenso hasta para quitar la mascarilla, pero el miedo también quita libertad.

-Yo llevé en el confinamiento de marzo un espíritu más rebelde, pero viendo la realidad del contagio, los niveles, te ciñes, te pones... Yo ando con mascarilla, tengo tres, las lavo por la noche. Lo de los guantes es un caos. Si te los pones para ir al supermercado y quieres abrir una bolsa de plástico no funciona.

—No podemos caer en la queja continua. Pero veo mucho despiste...

­—¿Mucha ignorancia?

—Ignorancia no. Es un no saber que se admite, epidemiológicamente. Pero está el conflicto político. Estamos acostumbrados a ver la paja en el ojo ajeno y no en el propio. Esta es una sociedad que no acaba de ponerse de acuerdo. Debemos remar todos hacia el mismo lado, y que coordine a quien le toca, que lo asuma.

­—Pero hay quienes prefieren que manden personalidades fuertes, seguras, aunque mientan y sean destructivas, ¿no?

—Sí, y en eso estás reconociendo que somos una sociedad inmadura. Existe y funciona ese extraño proteccionismo de «Que la gente no sepa esto y lo otro», «Esto que no escandalice». Yo tengo 67 años, en mi familia, mis hijos están educados en hablar las cosas. Y las cosas son como son. No puede ser que digas: «Yo nunca me he fumado un porro, ¡nunca, nunca!». Y que tu hijo diga: «Papá, ¡si te vi liando uno!».

­—Sus hijos le piden explicaciones.

—Siempre, siempre las piden. Y de repente te encuentras a alguien de hace veinte años que te dice: «¡Joder, Manquiña, me acuerdo de aquel día queee...!». Mis hijos me miran pálido. «¡No sigas por ahí!». Hay momentos en que la mentira es ridícula. Mira el caos en la vuelta al cole... Tú oyes hablar a un profesor y te dice: «No estamos preparados». Y escuchas a un responsable de Educación: «Estamos perfectamente preparados». Pero el tamaño del aula es este, el número de alumnos es este y no hay espacio para lo que se pide, al menos si quieres tener clases presenciales, que es lo que tiene que ser.

­—¿El humor ayuda a relajar el drama? A veces hasta nos reímos de miedo.

—Voy a tirar piedras contra mi tejado. A veces me siento un poco ridículo. Vino la pandemia y algunas cosas que tenía pensadas se quedaron viejas. He preparado a propósito para Bueu 20 minutos nuevos. Van sobre la experiencia que hemos tenido con el confinamiento.

—¿Humor negro?

—No. Es justo de lo que escapo. No puedes ahora hacer chistes sobre la gente que muere, o sobre las residencias. Pero sí sobre el papel higiénico, la cantidad de cerveza que se consume, el dinero que hizo Amazon... Bezos es el más rico del mundo, ¡claro, no me extraña! Ya solo con lo de mi mujer, que le debe de haber dado la hostia de dinero, jajaja. Cada día, un paquete. Y si no era para mi mujer, era para el vecino. Todos los días, paquete nuevo.

—¿Por ahí irá el monólogo en FICBueu?

—Sí. Y de la solidaridad de los patios y los conciertos, jajaja. ¡Hasta los cojones del vecino que daba cada día un concierto! Del que sale: «¡Arriba, vecinos!». ¿Arriba qué? Si me acosté a las cuatro de la mañana... Quiero dormir, ¡qué prisa tengo si estoy confinado! «¡Vamos, ¡ese ánimo!», sale alguno. ¿Qué ánimo? Va sobre situaciones que todos podemos reconocer y que no dañen. Ahora en los telediarios ya casi no se habla de otros temas, de política, de cultura... Solo del virus.

—¿Se le cayó la casa encima o bien?

—Nosotros bien. Aprovechamos lo que hizo casi todo el mundo confinado, para poner la casa en orden, mucha limpieza, y a por paquetes de harina... Mucha confitería, mucho postre y tal.

—¿Tiene ya la mascarilla del festival?

—No, supongo que me darán una. Yo ando con tres, lavables, y las sujeto con una cinta atrás, porque si no voy a acabar con las orejas de soplillo. Les cosí una cinta atrás y un botón, y pongo y quito y quito y pongo. Todo el mundo ha desarrollado su táctica con las mascarillas.

—Hay que hacer para ir indo...

—Ya iremos viendo. De momento en Vigo ya se están colocando las luces de Navidad. ¡No es tan grande Vigo! Habrá protocolo, pero creo que van a llegar las colas de Pontevedra a Baiona.

—¿Le persigue el concepto?

—No me gusta recordar las cosas que hago, pero nunca me he acordado tanto de Airbag. Hace unas semanas le preguntaban a Fernando Simón: «¿Podemos hablar de una segunda ola de coronavirus?». «Podemos decir que hay una segunda ola y podemos decir que no hay una segunda ola», dice. Y pensé: «No le puedo creer, está diciendo lo de Airbag: 'Como te digo una cosa te digo la otra'». Vivimos una realidad estúpida. ¿Y qué haces? Tomártelo con humor. Vivimos una auténtica contradicción a nivel planetario. Como el mundo está en manos de gente como Trump o Putin o Maduro... es una locura.

—Nada, hay que escaparse a una playa tranquila. Tiene nombre de playa, ¿no?

—Pensé que lo sabía todo el mundo, pero veo que no. Manquiña es una playa del monte de A Guía, en Vigo, poco antes del puente de Rande. Allí pasé momentos felices en mi infancia, y si lo usaba como nombre artístico pensé: «Cada vez que alguien me llame voy a evocar esos momentos». Y así lo hice.

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