Después de 40 días de confinamiento, de comprar el pan cada tres días, de ir al súper cada seis, de lavar una a una las naranjas, los cartones de leche, los paquetes de arroz, de aplaudir a las ocho en el balcón, de tomar el sol en el comedor sobre la esterilla de la playa, de ver documentales sobre Egipto, de reenviar memes por WhatsApp, de abrazarse a mi padre, de extrañar otros abrazos, de llorar entre cuatro paredes la muerte de un hermano, de extender la vista sobre las acacias, de soñar con otras vistas y otros cielos, de ensimismarse recordando los azules de la infancia, de enviar audios a los nietos, de esperar y desesperarse, de sentir inquietud por el futuro y desazón por el presente, de dormir poco y leer algo y reírse solo de vez en cuando, de tomarse la tensión y ver la ruleta rusa latiendo en sus arterias, después de 40 noches de alarma, mamá se levantó una mañana, abrió la puerta y sin mirar atrás salió a dar un paseo por el río Gafos.
Cuando la policía le pidió la documentación, estaba abrazada a un carballo.
Pero, mamá, la increpo riendo cuando me lo cuenta, sería bonito acabar la cuarentena sin verte en los telediarios. Volvió nueva, insuflada de primavera. El agente, en lugar de multarla, le recomendó que buscara otras opciones para evitar el ictus y la acompañó a casa y mientras caminaban le habló de su madre, que había muerto unos años atrás. Estaba sola, se cayó y la encontraron horas después en medio de un charco de sangre, vivió un poco más enchufada a un montón de cables de hospital, pero ya no era ella. Mamá me lo cuenta como si la historia fuera suya, como hacen los seres con imaginación. Me dieron ganas de abrazarlo, dice, tan guapo y tan triste, pero si me salto la distancia de seguridad entonces igual sí me detiene. Nos reímos otra vez.
Ayer busqué el árbol. Era el más alto, el más hermoso, con sus hojas desatadas, multiplicadas. Reconocí el efecto de sus manos. Ese calor sanador. Bajo él, un hombre de uniforme manipulaba una rama. Me acerqué y vi las palabras frescas en el tronco: «Te quiero, mamá».