Brad (incombustible) Pitt

El actor, que acaba de ganar el Globo de Oro por su papel en la película de Tarantino, se ha aupado de nuevo tras un año infernal


Es posible que Brad Pitt (Oklahoma, 1963) sea una especie de deidad masculina. En el canon de belleza actual, para qué negarlo, el actor estaría en lo alto de cualquier lista, hecha por casi cualquier hombre o mujer, que se pudiera imaginar. Este es un dato casi empírico. En un mundo donde las apariencias importan, a nadie le gustaría competir contra Pitt en nada, porque es posible que la derrota sea inevitable.

Pitt ha vuelto. El estadounidense acaba de ganar un Globo de Oro gracias a su papel en Érase una vez en... Hollywood (2019), la última de Tarantino. Durante la recogida del premio se le vio radiante, sonriente; y hasta bromeó sobre compartir el premio con DiCaprio diciéndolo que él no lo dejaría vendido y sin tabla como hizo Kate Winslet tras el hundimiento del Titanic.

Quizás haya algo de lirismo en todo esto. Al actor también se le hundió un barco, el que llevaba su vida, no hace demasiado. El divorcio que firmaron Angelina Jolie y él se materializó como la ruptura más abrupta y comentada de Hollywood. La pareja simulaba una aparente perfección que se vio rápidamente diluida por los medios. Tras once años de relación se requebrajaba una dupla internacional y las dos partes implicadas entraban en barrena emocional y personal.

Terapia por el abuso del alcohol

Pronto se descubrió que el actor tenía serios problemas con el autocontrol y las sustancias nocivas. Se le tildó de violento con su familia y Jolie señaló sus adicciones. Pitt no lo pudo negar. Buscó en los juzgados pasar más tiempo con su prole, pero los problemas continuaron. Medio año infernal que terminó con el protagonista de Siete años en el Tíbet (1997) entrando en terapia y dejando el alcohol. Hoy, asegura continuar con su ritmo de vida saludable.

Tras un 2017 en el que solo estrenó la endeble Máquina de Guerra, en el 2018 su aparición en pantalla quedó relegada a un cameo anecdótico en Deadpool 2. Casi por sorpresa, este año que queda atrás se convierte en uno de los mejores para su vasta filmografía.

Dos películas. Dos éxitos. La cinta de Tarantino ya le ha dado uno de los tres grandes premios del cine, quizás pueda ofrecerle más; pero más allá de los reconocimientos le ha brindado la oportunidad de mostrarse eterno en una de las mejores y más terroríficas escenas que ha filmado el gamberro director -la del rancho Spahn-. Unos meses más tarde viajaba al espacio para encontrarse con Tommy Lee Jones, su padre en la ficción, en una huida hacia delante apasionante. Convenció a la crítica, pero el público se ha mostrado distante con el relato, y no ha comprado algunas de sus sombras de guion.

Sea como fuere, en ambas obras Pitt figura como un faro que emana luz. Dos actuaciones soberbias que son seguidas de diversas entrevistas donde el intérprete da rienda suelta a su veteranía actoral y se agarra a una intelectualidad y una manera de ver las cosas que permaneció durante un tiempo. Una resurrección en toda regla, física y mental, que trae de vuelta, a primera línea de batalla a un tipo que ya era un símbolo inequívoco del éxito made in Hollywood.

Puede ser márketing. Quizás todo sea un entramado publicitario para que el mundo vuelva a posar su mirada sobre el Adonis americano y sienta envidia de su aparente e infinita juventud, de su agradable tono en las entrevistas y su sonrisa en las fotos. Qué difícil debe ser ser Brad Pitt.

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