Adultos adúlteros

Pedro Mairal reúne en «Breves amores eternos» dos colecciones de cuentos que comparten su dominio de las características del género


La tesis -poco científica- de que la felicidad -o satisfacción vital o lo que sea- es lo que queda tras restar las expectativas a la realidad seguramente le parezca bastante acertada a los personajes que pueblan la primera parte de Breves amores eternos (Destino), la colección de cuentos que Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) publica en la estela del éxito de La uruguaya (Libros del Asteroide). El protagonista de aquella novela corta vivía también atrapado entre las contradicciones del contraste entre el deseo y la rutina, un ahogo sordo que también atenaza a los personajes de esta docena de relatos: haciendo honor al título, descubren que el amor era eterno cuando la esperanza de vida no superaba la treintena y que, a mayor longevidad, menor pasión.

 Son ellos los que parecen culpar a la unión conyugal del desgaste con que la frustración erosiona sus deseos. Y en busca de un giro de guion que devuelva la emoción a sus vidas, sondean más allá del matrimonio las aventuras que creen que la estabilidad les niega. Son hombres y mujeres a los que la vida adulta los ha sorprendido en la renuncia inadvertida de aquello que anticiparon con gozo en la juventud. Lógicamente, cada uno es infeliz a su manera. El protagonista de Un verano feliz parece buscar una ternura y comprensión en brazos de una viuda que no encuentra en el hastío cotidiano que le inspira su propia familia. En su caso, ese sexo ocasional y vacacional no es más que un refugio donde volver a experimentar los sentimientos puros de un primer enamoramiento. Para otros, en cambio, lo carnal es válvula de escape primordial, haciendo válido el dictamen de un personaje femenino de Metroland, el debut novelístico de Julian Barnes: «El sexo es algo demasiado importante como para hacerlo siempre con la misma persona».

Para Mairal, estas circunstancias son el escenario perfecto en el que examinar los derroteros por los que pueden conducir las debilidades sentimentales. Como escritor, hace gala de una empatía que le permite unas creaciones humanas en todas sus dimensiones, incluso aquellos que incurren en el mayor de los ridículos: el protagonista de El anillo, por ejemplo, que pierde su identificación como casado en la anatomía de su amante, lo que genera una lógica desazón que enturbia -y satiriza- su propósito adúltero. Es precisamente la ligereza con la que Mairal aborda estos pequeños desastres domésticos lo que redondean un cuento que en otras manos se escoraría hacia lo previsible.

Porque Breves amores eternos, como quizá en mayor medida la segunda parte del libro, Hoy temprano, compone un cumplido catálogo de cómo afrontar el género del cuento. El encuadre sobre una viñeta cotidiana sugiere en el lector, como lo que queda fuera de plano en el cine, una entidad más compleja que queda entrevista, añadiendo una capa de misterio. El hipnotizador personal explota esta cualidad, mientras que Sudor -en el que la relación sexual es motivo de censura por su condición premarital- se vale de la sorpresa final con gran efecto.

«Hoy temprano»

Sin abandonar su característico estilo, Mairal abre el foco en la segunda parte del libro, Hoy temprano, con otra docena de relatos -de dimensiones medias más amplias- en los que la lente coloca al lector ante un registro temático más diverso. Son piezas que además retratan a su autor en diversos momentos de su trayectoria, ya que pertenecen a distintas épocas.

De esa diversidad hablan tres cuentos en concreto, el que da título a la segunda parte del libro, Amazonia y Los héroes. El primero propone un viaje en coche como una metáfora vital, en el que el mismo conductor va evocando una sucesión de trayectos, desde que era un niño y cabía acostado bajo la luneta trasera en los desplazamientos con sus padres, hasta que él mismo se pone al volante y es un adulto divorciado: un itinerario personal que a la vez es sutil retrato de los cambios de un país entero. Las transiciones, tan suaves como rodar por una autovía de estreno, hablan de la pericia narrativa de Mairal.

Del mismo modo, Amazonia propone un viraje total, apartándose del universo más habitual del escritor, y remontándose a la era de los conquistadores de América. Uno de estos españoles, que ha cambiado el confinamiento de un calabozo en su patria por los impenetrables horizontes selváticos, da cuenta en primera persona -y aquí Mairal se recrea con el léxico del narrador- de unas experiencias que hablan de la extrañeza y alienación que vivieron aquellos primeros exploradores, de un impacto que hace palidecer lo que hoy llamamos choque cultural y que ofrece una lectura desmitificadora de aquel encuentro continental.

En Los héroes se propicia un reencuentro, igualmente extraño, entre tres compañeros de colegio unidos por un accidente de tráfico. La vida adulta -otra vez la vida adulta- los ha conducido por caminos distintos y hasta divergentes. Con una tensión latente, que por momentos amenaza con aflorar, Mairal refleja esa rara sensación con la que el narrador se enfrenta a un pasado compartido, que, a la postre, es insuficiente para retener el vínculo presente, un trauma que por su gravedad no es capaz de unir, sino de separar. Toda una demostración de perspicacia literaria.

«Breves amores eternos»

Pedro Mairal

Destino, 288 páginas, 18,90 euros

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