Pedro Mairal: «No es privativo de los hombres sentirse atrapado en un matrimonio, las mujeres también se pueden sentir así»

Tras el éxito de «La uruguaya» el autor argentino regresa con los cuentos de «Breves amores eternos»

Como escritor, Pedro Mairal se confiesa fascinado por las debilidades humanas
Como escritor, Pedro Mairal se confiesa fascinado por las debilidades humanas

redacción / la voz

Los cuentos que abren Breves amores eternos (Destino) parecen emparentados con La uruguaya (Libros del Asteroide), un gran éxito, sobre todo en España, de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970). El volumen se completa con otras piezas breves, más antiguas, del autor argentino.

-Se decía que el amor era eterno cuando la esperanza de vida era de 30 años. La mayoría de sus personajes ya han superado esa edad y se encuentran otra cosa…

-Es interesante ese concepto, hasta que la muerte nos separe, cuando la gente se moría a los 30. Ahora hay como dos o tres vidas dentro de la misma vida. Es normal, y me parece entendible, que la gente forma pareja veinte años y luego se separa y se vuelve a juntar con otra pareja. Mis personajes, sí, hay algunos que van desde los 20 hasta los 45 y, en general, el matrimonio aparece en el libro como una especie de trampa, un lugar donde las personas se sienten atrapadas e intentan salir con distintos artilugios que suelen salir mal, pero que dan un poco de respiro.

-La rutina, el aburrimiento, el desgaste, propician un ciclo del que parece que no pueden salir.

-Sí, exactamente. Parece que no hay salida, pero siempre la hay. Las parejas se pueden deshacer. Pero mis personajes están en ese momento de incertidumbre previo a una ruptura, donde de alguna forma los dos destinos se están desviando cada uno en su dirección, como ramas de un árbol, y todavía no logran ni siquiera confesárselo a sí mismos. Es un momento de bastante dolor, de mentira.

-En el libro esa vía de escape suele ser el sexo, que es un catalizador y a veces un fin en sí mismo.

-Sí, y además el deseo vuelve vulnerables a los personajes, frágiles. Los mete en una frecuencia narrativa peligrosa. Se meten en situaciones que son buenas para la literatura y malas para la vida [ríe]. Eso me resulta muy atractivo en la gente que se enamora, que se meten en unos bretes importantes, como esos amigos que a los 30 se meten a patinar porque están con una chica que patina y uno piensa «se va a romper la cabeza». O esas chicas que se enamoran de un futbolero y empiezan a ir a la cancha con la camiseta del equipo del novio. Estas mutaciones raras que parecen suceder a través del deseo son muy atractivas narrativamente porque de golpe ahí aparece una historia, una grieta en la vida cotidiana y posiblemente un quiebre. Eso me fascina, porque me gusta la debilidad humana, sobre todo.

-Es tentador atribuir esas infidelidades a una inmadurez masculina en algunos de sus personajes, pero en su cuento «Cero culpa» es una mujer la que la comete y, como dice el título, sin sentirse culpable.

-Descubre con gran sorpresa que engañar a su marido no le da nada de culpa. Sí, me interesaba mostrar un par de voces femeninas porque entra otro aire, otra perspectiva, pero, como dices, en una situación parecida. No es privativo de los hombres sentirse atrapado en un matrimonio, las mujeres también se pueden sentir así. Quería mostrar a unos maridos perdedores, despreciables [ríe] y el deseo ese de «yo tenía una vida mejor hasta que me casé», que en general es falso. Es muy común que la gente le eche la culpa de su frustración a la familia y es de las peores cosas que uno puede hacer.

-Una de sus narradoras presume de que es capaz de saber cómo es un hombre en la cama por cómo conduce.

-Sí, ese tipo de cosas. Son observaciones, cosas que la gente que dice y que yo pesco en el aire y luego lo uso en algún cuento porque me divierten. Esta mujer compara la manera de manejar de su amante con la de su marido. El marido lo hace enojado, tratando de ir más rápido que el tráfico, frustrado, furioso, metiéndose en momentos de peligro, con frenazos, y el amante maneja fluido [ríe], acelerando pero sin exabruptos ni estar nervioso. Al final, acabas hablando del sexo como gran catalizador.

-La segunda parte del libro ya tiene otro tono. Parece otra obra.

-Hoy temprano, el segundo libro, como bien dices, son mis cuentos anteriores. Probablemente hay un cambio de tono, incluso en algunas tecnologías. Cuando los escribí, más o menos en el 2000, no había redes sociales, así que sí, hay un cambio de tono. Quería juntar los relatos y ver cómo quedaban reunidos. Está bien notado que es otro libro, donde aparecen otras voces, tiene algo un poquito experimental. Está hasta la voz de un adelantado español en la época de la Conquista en América. Tiene algo de exploración, aunque ya veo que había algunos temas que van asomando.

-¿Y usted se ve distinto? Lo digo porque sus personajes están en crisis y se está acercando a la madre de todas ellas, la de los 50.

-Totalmente. Me parece que es una gran crisis, pero a la vez siento un poco más de perspectiva, quizá. Estoy saliendo de esa zozobra de los 40, que parece que te ahogas, que la vida no ha salido como la planeabas y todo se derrumba. Eso está en Breves amores eternos, son como derrumbes de expectativas, pero llegando a los 50 lo estoy viendo con más perspectiva y calma, viendo que la vida sigue y que los hijos van creciendo, que se sigue igual, aunque las familias sean ensambladas, que se va haciendo lo que uno puede. A mí me gustaría seguir escribiendo y hacer un libro después de la tormenta. Este libro, y La uruguaya también, son la tormenta perfecta, grandes desastres burgueses, pequeñas tragedias familiares. En algún momento me sentaré a hacerlo.

-Dicen que es mejor ser el más joven de los mayores y no el mayor de los jóvenes.

-[ríe] Sí, por eso hay cierta aceptación y creo que estos cuentos aún no lo muestran. Hay frustración, resignación, pero no aceptación de que se termina adaptando a la vida y me da ganas de seguir escribiendo. 

«El premio San Clemente fue una experiencia genuina»

La uruguaya ha sido todo un éxito para Mairal, quien ha buscado otras fórmulas para no verse atascado o atenazado por él. «Primero, me alegra muchísimo ese éxito. En España lo estoy viviendo ahora, con gente que me reconoce por la calle y me para, algo que no me había pasado. Se hicieron once o doce ediciones acá en España», explica. «La verdad es que yo empecé a escribir con mucha presión a los 28 cuando gané con Una noche con Sabrina Love el premio Clarín y de pronto tenía que ser un escritor latinoamericano. Parecía que lo que tocaba era escribir otra así. Me resultó muy difícil subirme a ese tren del escritor profesional y tuve que encontrar mis maneras de seguir escribiendo. Siempre lo hago. Encuentro trucos o lugares donde recupero mi silencio mental y me salgo de esa exigencia externa. Ahora, después del éxito de La uruguaya, ¿cómo sigo? Pues sigo escribiendo lo que tengo ganas y eso a veces son textos que no tienen que ver con el mercado: escribo poesía, letras de canciones. Por suerte, tengo la posibilidad de escribir distintos géneros y eso me da cintura para escaparme de lo que en realidad es un autoexigencia», relata.

-¿Para quién son las canciones?

-Estoy haciendo un dúo con un amigo que se llama Pensé que era viernes. Estamos lentamente grabando y de vez en cuando actuamos en vivo.

-¿Entonces también canta?

-Sí, eso dicen [ríe]. Con dificultad porque yo escribo desde hace 30 años y hago música desde hace tres, por lo que la diferencia es muy grande en cuanto a seguridad. Pero me saca de mi zona cómoda, me espabila un poco, me vincula con un costado muy popular del lenguaje, que es la canción, que de algún modo la poesía también lo tiene, pero acá hay que negociarlo con la melodía. Lo hago para escaparme a esas grandes exigencias internas y luego vuelvo a la novela. Con la música estoy aprendiendo mucho y nutre a mi escritura.

-«La uruguaya» ganó el premio San Clemente de Santiago. ¿Cómo fue la experiencia?

-Muy emocionante. Estaba elegido por los estudiantes, es espectacular eso. Para mí fue muy genuino. Yo no escribo para distintas edades y no pensé que fuese un libro que fuese a gustarle a gente de 17 o 18 años, pero les encantó. Tuve un diálogo con ellos lindísimo en el teatro, me hicieron preguntas muy directas, hablé con ellos con mucha sinceridad. Fue un lindísimo premio, me sentí muy leído, no solo homenajeado. Lo lindo de la literatura, al fin y al cabo, es comunicarse y sentí que me comuniqué con todos ellos.

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