42 centímetros de ancho

La escritora coruñesa Nieves Abarca, autora de «Voraces», es la firma invitada en Fugas


Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia... Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales… Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego... Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro... ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?».

-¿Quién ha escrito eso?

-Un tal Irvine Welsh, Señora Secretaria.

La mujer de coleta tirante y ojos de hielo hizo un gesto equívoco.-Qué antiguo, ¿no? ¿Alguien toma heroína estos días?

El siervo calló durante unos segundos. No estaba muy al tanto de las sustancias estupefacientes que utilizaban los «No Productores». Cogió el libro, lo cerró de un golpe y lo dejó sobre la mesa, en el medio de los dos montones.

-¿Qué le parece? ¿Sí o no?

-Lo que has leído me parece peligroso. ¿Cómo sigue? -La Secretaria se miró una uña carmesí con desgana. Vio una minúscula muesca en el esmalte permanente. Suspiró.

-Al final gana el drogadicto. Sobrevive y se hace rico.

Ojos al cielo-Prohibido, por supuesto. El siguiente, por favor.

El Siervo colocó Trainspotting en el montón de viejos libros que serían incinerados simbólicamente antes de destruir todas las copias disponibles. Luego cogió otro todavía más antiguo. Un título corto. Lolita.

La Secretaria miró con atención. Aquel título le sonaba. De joven quizá hubiese visto una película, antes de que se prohibieran los cines.

La uña de color carmesí acarició la portada en la que una niña chupaba una piruleta de forma procaz. «Lo-li-ta», masculló casi de forma inconsciente.

-Un hombre maduro que se enamora de una niña de doce años.

-A la hoguera. Eso alentaría a muchas niñas de doce años a enamorarse de pervertidos que se aprovecharían de ellas. Venga, más, no tenemos todo el día.

El Siervo sacudió de un manotazo el polvo de un ejemplar de color rojo. En letras doradas la Secretaria pudo leer Cumbres Borrascosas. Se levantó de su silla y los tacones resonaron en el suelo brillante.

-Vaya. Heathcliff y Cathy.

Dentro de su cerebro renovado apareció un extraño recuerdo de muchos años atrás. Un recuerdo perverso que no debía estar allí: «Emily Brontë estaba tan emaciada por la tuberculosis que su ataúd solo midió 42 cm de ancho».

La Secretaria sacudió la cabeza para espantar al espectro de las Navidades pasadas. Miró al Siervo y apretó los dientes:

-A la hoguera. Lo tiraré yo misma.

Mientras las páginas crepitaban, la Secretaria giró la cabeza para que nadie viese dos gotas pesadas e insistentes que acompañaron una explosión en el cerebro que le decía una y otra vez «Yo soy Heathcliff».

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

42 centímetros de ancho