Las feministas llevaron bata de cola

«El único sujetador que importa es el mental». Lo dijo Rocío Jurado en los 90. Ella, Lola Flores y María Jiménez fueron huracanes femeninos que atacaron el ego de los machistas


Solo el hecho de plantearlo, puede parecer un disparate mayúsculo. Pero más allá de los cánones tradicionales y anticuados que rodean los estilos de vida de las folklóricas, se puede decir sin miedo a equivocarse que muchas de ellas han sido unas adelantadas a su época y que han logrado lo que nunca nadie se hubiera imaginado. Dar una guantá sin manos al ego más profundo de muchos hombres machistas de entonces. Sí, Lola Flores era una feminista, aunque en su casa mandara Antonio González el Pescaílla. Y lo era porque la Faraona fue capaz de hacerse una carrera profesional independiente de la de su marido, porque jamás se autocensuró, incluso llegó a admitir públicamente que se acostó con un hombre por dinero: «Si usted me da lo que yo quiero devolverle a mi padre pues yo hago el amor con usted. Vamos… el amor con usted y con una jirafa pa' darle a mi familia», dijo en 1994 en El Coraje de vivir, sin tapujos. Pero, sobre todo, era una feminista porque era libre para decir y hacer lo que le viniera en gana: «Te das una rayita un día y no pasa nada, te fumas un porro un día y no pasa nada, te puedes emborrachar un día de vino tinto y no pasa nada... Todo se puede hacer en la vida. Con método. Y después tres días tranquilo bebiendo agua mineral [...] Y se goza de todo lo bueno que hay en la vida. Lo demás es la defunción o gente que el cerebro no le funciona bien [...]», dijo en el programa de Jesús Quintero sin importarle la revolución que pudiera causar con sus palabras.

-¿Tú has probado la droga alguna vez?

-Sí, sí, ¡cómo no! Yo he probado la cocaína, el porro también. Por risas. No me gusta. Sí, por supuesto que sí. También he probado el whisky, el vino tinto.... Yo me emborracho de bulería, de cante bueno, de alegría...

Esta es la respuesta tan natural que dio al conocido presentador en El perro verde en 1988.

Pero el torbellino de colores siempre fue más allá. E incluso se atrevió a contar en la pequeña pantalla su primera vez: «El destino planeó lo que mi madre temía. En una noche, en una pensión en Valladolid, hice el amor por primera vez en mi vida con el Niño Ricardo [un maestro de la guitarra de entonces]. Así de simple. Pero en mi interior ya pensaba que podía aceptar algunas invitaciones de las que me hacían a diario mis admiradores. Pero no invitaciones para llevarme al cine o a cenar. Estaba completamente decidida a que mi madre y hermanos no pasaran más calamidades. Y aunque artísticamente estaba bien considerada, económicamente en los contratos no tenía la compensación que yo creía merecer». Una última frase que se puede escuchar todavía demasiado a menudo.

Pero la Flores no ha sido la única coplera feminista. La más grande, Rocío Jurado, rompió casi todos los estereotipos de las folklóricas, a pesar de que luego sí defendía unos valores tradicionales y reconocía abiertamente que le gustaba estar en casa, cuidando de su hija, quizás porque precisamente casi nunca estaba. O que se pasaba las tardes de toreo de Ortega Cano bajo la ducha esperando que terminara la faena, al más puro estilo tradicional de la mujer de un torero.

Pero hay que reconocerle su osadía, su fuerza y su empoderamiento para presentarse en 1974 en Televisión Española con un escote hasta el ombligo cantando «tengo el cuerpo empapado, soy de tierra caliente». Ella, como nadie, supo liberarse de corsés, peinetas y mantillas. Y lució unos maravillosos escotes. Sustituyó su bata de cola por pantalones e incluso se atrevió también a aparecer en plató con solo una sábana blanca encima porque, como bien decía, «el único sujetador que importa es el mental». Revolucionó el mundo de la copla, pero no solo por su vestuario, sino porque por vez primera era la mujer la que tomaba las riendas de la canción. ¿Hay algo más feminista para la época que decirle a un hombre: «Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo, que mi cuerpo no tiembla de ganas al verte encendido, y tu cara, tu pecho y tus manos parecen escarcha. Y tus besos, que ayer me excitaban, ya no me dicen nada...»?

«Calla, canalla»

Son feministas, con muchas más luces que sombras. Incluso en los peores momentos, como María Jiménez, que a pesar de soportar los malos tratos del que fue su marido, Pepe Sancho -según ella misma reconoció en sus memorias Calla, canalla- salió adelante y lo denunció, aunque él no fue condenado porque los hechos ya habían prescrito. Ella es, simplemente, otro huracán femenino que con su sensualidad y empoderamiento fue capaz de dejar con la boca abierta a quien la veía poner un pie en el escenario. Una fuerza que solo las grandes pueden transmitir y a la que se le llenaba la boca cada vez que cantaba Se acabó. Un lema que debería servir para alejar el machismo de nuestras vidas. Ayer, hoy y siempre.

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