Lecturas para afrontar lo salvaje

FUGAS

La singular Nan Shepherd enseña a mirar (para llegar a ver) en «La montaña viva», clásico que invita a bucear en la escritura de la naturaleza

24 may 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Afrontar la montaña, lo salvaje, es cosa de silenciosos, de solitarios. Enfrentar la literatura sobre la naturaleza, la etiquetada como nature writing, también. «Para el oído lo más importante que puede escucharse aquí es el silencio», asegura Nan Shepherd (Aberdeen, 1893-1981), una de las escritoras más singulares de este género, cuando alerta sobre los charlatanes y sobre el «desastroso» hábito de hablar por hablar. La escocesa aporta esta lección básica en La montaña viva, un clásico que ha cambiado para siempre la configuración sensorial y sentimental de una cordillera anterior a la Edad del Hielo como son los Cairngorms, en el corazón de Escocia, y que ahora rescata Errata Naturae.

«Lo leí y me cambió. Pensaba que conocía bien los Cairngorms, pero Shepherd me demostró mi autocomplacencia. Su libro me enseñó a verlos en lugar de solo mirarlos», dice en el prólogo el británico Robert Mcfarlane, alumno aventajado del nature writing actual, pero esa otra lección básica de aprender a mirar para ser capaz de ver trasciende el macizo escocés para volverse universal: si aprendes a ver así los Cairngorms, lograrás ver cualquier cosa.

Shepherd, que mantuvo este manuscrito en un cajón desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 70, cuando era ya octogenaria, afronta la experiencia de la montaña con la humildad de quien no sabe y de quien no llegará a saber plenamente. «Una nunca llega a conocer del todo la montaña ni a sí misma en relación con ella», una verdad que, en un universo muy alejado y desde la perspectiva del nativo, suscribe a su manera el poeta Uxío Novoneyra (Parada, 1930-Santiago, 1999) -un nature writer también, a su manera-. En su montaña, O Courel, forma autóctona de ese espacio mítico de Shepherd, el oído es también un sentido clave («Fala a tarde baixiño/ i o corazón sínteo...») y la realidad se muestra a veces esquiva («Está o aire enfexo/ n'algo que eu non vexo») y siempre inabarcable, como un iceberg, decía él, que oculta mucho más de lo que muestra.