Lecturas para afrontar lo salvaje

La singular Nan Shepherd enseña a mirar (para llegar a ver) en «La montaña viva», clásico que invita a bucear en la escritura de la naturaleza


Afrontar la montaña, lo salvaje, es cosa de silenciosos, de solitarios. Enfrentar la literatura sobre la naturaleza, la etiquetada como nature writing, también. «Para el oído lo más importante que puede escucharse aquí es el silencio», asegura Nan Shepherd (Aberdeen, 1893-1981), una de las escritoras más singulares de este género, cuando alerta sobre los charlatanes y sobre el «desastroso» hábito de hablar por hablar. La escocesa aporta esta lección básica en La montaña viva, un clásico que ha cambiado para siempre la configuración sensorial y sentimental de una cordillera anterior a la Edad del Hielo como son los Cairngorms, en el corazón de Escocia, y que ahora rescata Errata Naturae.

«Lo leí y me cambió. Pensaba que conocía bien los Cairngorms, pero Shepherd me demostró mi autocomplacencia. Su libro me enseñó a verlos en lugar de solo mirarlos», dice en el prólogo el británico Robert Mcfarlane, alumno aventajado del nature writing actual, pero esa otra lección básica de aprender a mirar para ser capaz de ver trasciende el macizo escocés para volverse universal: si aprendes a ver así los Cairngorms, lograrás ver cualquier cosa.

Shepherd, que mantuvo este manuscrito en un cajón desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 70, cuando era ya octogenaria, afronta la experiencia de la montaña con la humildad de quien no sabe y de quien no llegará a saber plenamente. «Una nunca llega a conocer del todo la montaña ni a sí misma en relación con ella», una verdad que, en un universo muy alejado y desde la perspectiva del nativo, suscribe a su manera el poeta Uxío Novoneyra (Parada, 1930-Santiago, 1999) -un nature writer también, a su manera-. En su montaña, O Courel, forma autóctona de ese espacio mítico de Shepherd, el oído es también un sentido clave («Fala a tarde baixiño/ i o corazón sínteo...») y la realidad se muestra a veces esquiva («Está o aire enfexo/ n'algo que eu non vexo») y siempre inabarcable, como un iceberg, decía él, que oculta mucho más de lo que muestra.

«Vivir una cosa cada vez para vivir de verdad hasta el final»

El relato de Shepherd es un repaso delicado y minucioso a lo que ella atesoró durante décadas en sus recorridos por cimas, valles, circos, lagos, senderos y «no caminos» ( «"Prefiero el no camino", dijo una joven amiga cuando su padre la llamó al orden», recuerda), un botín que configura la montaña como organismo vivo: desde la forma de la nieve hasta el olor que desprende un abedul en mitad de la lluvia, pasando por todos los organismos vivos que la habitan. Y, como la propia montaña, la escritura de Shepherd es a veces rocosa y otras, tan plácida como caminar descalza sobre la hierba: «Y una flor cogida por el tallo entre los dedos de los pies es un pequeño encantamiento». Pero, en el fondo, más allá de los detalles, lo que hace Shepherd en este libro es reivindicar la inocencia perdida, la «de vivir una cosa cada vez para vivir de verdad hasta el final». De hacer, en definitiva, como el agua: «Esbara a auga pola lastra/ e cai na poza/ pingoada a pingoada./ Onda a onda/ unha onda tras outra/ tarda xusto en chegar a que a dianteira morra...», escribió el poeta de O Courel.

Enfrentar lo salvaje en la literatura ha sido también, muchas veces, hacerlo desde el interior, desde los vínculos humanos o las ataduras familiares, que en unos casos provocaban pasiones y en otras los más vivos rechazos, como aquellos entrañables e hilarantes que recuerda Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991) en su novela autobiográfica Léxico familiar cuando su padre, apasionado montañero, reprocha a la familia el aburrimiento durante las vacaciones en el monte: «Os aburrís porque no tenéis vida interior»; o la aproximación y el distanciamiento doloroso a esa figura del padre que cuenta el también italiano Paolo Cognetti (Milán, 1978) en la reciente y premiada Las ocho montañas; o, en fin, la rebeldía y el ansia de libertad frente a la autoridad paterna que plasma John Fowles (Essex, 1926-Dorset, 2005) en su singular ensayo El árbol.

Del jardín domesticado al bosque

La obra de Fowles, célebre por la adaptación de su novela La mujer del teniente francés, confronta sin piedad el cultivo de árboles frutales que su padre practicaba como una religión («Eran más que árboles, y sus nombres, sus costumbres y sus peculiaridades estaban para él en el mismo nivel emocional que los de su propia familia») con la pasión del autor británico por el bosque, por la naturaleza sin domesticar, de la que se declara absoluto deudor: «La clave de mi novelística, lo que puede llegar a hacerla valiosa, reside en la relación que mantengo con la naturaleza», asegura antes de sentenciar: «Una ciudad geométrica, lineal, hace gente geométrica, lineal; una ciudad inspirada en un bosque hace seres humanos».

Y si Fowles retaba a su padre en El árbol, Helen Macdonald (Chertsey, 1970) lo añora rabiosamente en H de halcón, un extraño y delicioso libro recibido con regocijo por la crítica anglosajona y que narra, desde un corazón lacerado, el proceso de adiestramiento de Mabel -un azor que la autora adquiere tras la muerte repentina de su padre- y el proceso de duelo de la escritora. «Me miro las manos. Tengo cicatrices. Delgadas líneas blancas [...] Hay otras cicatrices, pero no son visibles. Son las que no me hizo ella. Son las que me ayudó a curar». A afrontar quizá lo más salvaje: el desgarro de la pérdida.

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