Pablo López, el reconfortante éxito de un tipo normal

Alejado de imposturas, talentoso en la composición y en la ejecución, el de Pablo López es el triunfo de un músico diferente. Inquieto, inseguro y simpático hasta el tuétano

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Vaya por delante que me lo creo. Al artista y a la persona. Y eso es bastante más de lo que puedo decir de la mayoría de los músicos de éxito de su generación. Una generación en la que lo que se impone es la impostura, la vacuidad y el producto prediseñado, cuando no esa absurda arrogancia que ya me gustaría a mí saber a qué criterios obedece.

Pero no es el caso. Pablo López ha alcanzado un descomunal éxito que, sin ir más lejos, le lleva a colgar el cartel de no hay entradas no solo en sus tres actuaciones de este fin de semana. En próximo 6 de julio actuará en el Palacio de la Ópera de A Coruña y ya no hay billetes tampoco para esa fecha.

Pero no ha llegado al éxito gracias a su paso por una ya muy devaluada sexta edición de Operación Triunfo, allá por el 2008, no. Su trayectoria se forjó durante años allí donde de verdad se curte un artista, entre el humo de decadentes piano bar, con la cestita de las propinas al lado del atril, y entre los destellos resesos de los salones de los cruceros. Esa fue su auténtica academia.

Después, en el 2013 llegó su firma con Universal Music y su Once historias y un piano. Y a partir de ahí se desencadenó en fenómeno.

Irreparablemente tímido, Pablo López encontró en el piano la trinchera perfecta. «Mi relación con el piano roza la locura», reconocía hace un par de años en estas mismas páginas. «Lo que pasa dentro de un piano es de una ingeniería tan compleja que me fascina. Delante de un piano siempre me siento bien. Tú me pones un piano en el infierno y yo disfruto. Me siento protegido. Además, para mí es como un juguete, mi particular PlayStation».

Talentoso en la creación y emotivo en la ejecución, su poder de fascinación se acrecienta en el tú a tú. Pablo López es un tipo en verdad simpático. Capaz de caer bien hasta cuando lo entrevista Bertín Osborne. El yerno soñado, el vecino perfecto, el compañero de asiento que te gustaría que te tocase en un largo viaje de tren.

La primera vez que charlé con él era aún el artista menos famoso de una de esas galas presuntamente benéficas que organizaba una afamada orquesta gallega. Aun así, y con la dificultad añadida que supone actuar inmóvil y parapetado tras un piano, acabo cautivando al personal como ningún otro. Sin alardes ni artificios. Le bastó con su emoción y un puñado de canciones de esas que tejen hilos invisibles. «Cuanto más crezco, y por desgracia crezco a pasos agigantados porque me encantaría ser más niño, más me doy cuenta de que es precisamente la normalidad la que me lleva a la verdadera felicidad», me decía entonces. «Sé que suena a topicazo decir que la sencillez es lo más importante, pero te juro que en mi caso es la pura verdad. Yo en los momentos que soy más feliz es cuando me pasan las cosas menos extraordinarias». Y, ya digo, a este se lo creo.

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