Nobel para un escritor de verdad

Esta vez no estuvo cantado, pero fue certero. Hay diferencias entre un gran mayordomo y uno solo competente, escribe Kazuo Ishiguro. Díganme, ¿en qué manos pondrían la bandeja?

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No hablaré de Juego de Tronos (por más que El gigante enterrado lo ponga a huevo) ni le daremos vueltas al café. Esta vez té con acento. Varias voces se han elevado para decirlo: el Nobel no es para hipsters, pero tiene su orgullo folk. Yo (que el año pasado guardé silencio con sonrisa trucada tras la decisión de la Academia) aplaudo las buenas maneras de este Nobel, su sentido. En plena fiebre Atwood, celebro el garlardón a la literatura que desoye el tirón del momento y evita el bonito don de la oportunidad. Es una cuestión de dignidad. Celebro a Kazuo Isighuro. Al premio grande de las letras, letras grandes. Hay que ser exactos, que es la única moral en literatura, ¿no?

Con la templanza del autor de Los restos del día les invito a ir, o a volver, a Darlington Hall (la puerta está entornada...), a apreciar la belleza de la letra del paisaje rumbo a Weymouth siguiendo a míster Stevens... pronto verán a miss Kenton (soberbia Emma Thompson en la adaptación al cine de la gran novela inglesa de Ishiguro) y sentirán esa herida interior de la renuncia y el tiempo perdido. «Diría que el carácter único de la belleza de esta tierra es consecuencia de la falta de grandes contrastes y de espectacularidad, mientras destaca, en cambio, por su serenidad y comedimiento, como si el país tuviera una íntima y profunda conciencia de su belleza y su grandeza y no necesitara lucirlas», escribe en Los restos del día el nobel japonés que ha vivido desde los 4 años en Reino Unido. ¿Está hablando Ishiguro también de literatura? Es como si diseccionase con guante blanco ante el lector el corazón de su estilo. Templado, estricto, implacable, Kazuo Ishiguro tiene, aun en la fantasía, un gran sentido del deber de la letra, que no es, como saben, el mismo sentido del deber al que atiende la vida.

No hacen falta pirotecnia ni arreglos, sobran. La palabra tiene música propia. Pero a veces, como le pasa a la protagonista de Música de Mishima, no podemos oírla. En Pálida luz en las colinas (primera novela de Ishiguro, del 82) sí se oye esa música. Es triste y sublime. No suena el Rumor de la montaña de Kawabata, sino otro más siniestro, el de la peor realidad para una madre. Lean si pueden la ópera prima de Kazuo Ishiguro... Hiela. Probablemente se pregunten cómo se puede contar así, desde ese enfoque insólito y en flash de lo cotidiano, sin quiebra o venganza sintáctica, el horror de los supervivientes al bombardeo de Nagasaki.

Nunca me abandones, distopía llevada al cine con Carey Mulligan, Keira Knightley y Andrew Garfield, está también entre las mejores; una ciencia ficción con corazón de drama, con colegio victoriano, con un bosque isla, con gente corriente y donantes (clones exquisitamente educados para... lean). Si toda infancia acaba siendo un paraíso perdido, y esto está de fondo en esta novela traducida al gallego, la infancia ideal solo «existe» en Hailsham.

Yo no he podido, sin embargo, entrar con gusto en los Nocturnos de Ishiguro y no sería El gigante enterrado (fabulosa, con dragones, trolls y brujas) la novela que me llevaría del autor a una isla desierta... Pero son grandes letras.

Tras el Nobel, Ishiguro ha agotado existencias en tres días. Prueben a preguntar por un libro suyo en librerías...

Me alegro. Pero, sobre todo, les invito a pensar y responder a la pregunta: ¿Qué es ser un gran escritor? No uno competente, sino uno grande. ¿Quién merece el premio en bandeja?

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