¿Para cuándo otro final mítico?

La última escena de «Blade Runner» (1982) es el mejor «The End» de la historia para muchos amantes del cine, que confían en que la nueva entrega que se estrenará en octubre esté a la altura. Su director, Denis Villeneuve, reconoce que se siente «horrorizado» por la presión. El tiempo dirá si será una película para guardar en la memoria o, parafraseando al replicante Roy Batty (Rutger Hauer) en su monólogo final, se perderá en el tiempo «como lágrimas en la lluvia»


Dicen que cuando la película oscurece y las luces de la sala se encienden se construyen sus auténticos cimientos. Es el momento en el que un filme camina hacia el olvido o se fija en la memoria colectiva. Si el director y el guion aciertan con el cierre, abrirán paso a la despensa en donde se atesoran los recuerdos cinéfilos. Por fortuna, el cine, desde sus primeros pasos con los Lumière en el ocaso del XIX, rebosa de desenlaces memorables. Tantos que se antoja imposible una selección y respondiendo a varias tipologías como parte del artificio ficcional. Primero en la literatura cinematográfica, y ahora con las ventajas de la Red, abundan las clasificaciones, y aunque hay unanimidad sobre varios títulos, son muchos los que se van incorporando. Incluidos los finales alternativos, los rodados previamente pero nunca vistos en la pantalla al descartarse en montaje por razones varias, pero que en buena parte podemos contrastar gracias al home cinema.

Como el rodado por Ridley Scott para el drama Thelma & Louise (1991) y que, afortunadamente se quedó para los extras del blu ray. El sugerente plano congelado del Ford Thunderbird del 66 con Susan Sarandon y Geena Davis arrojándose al vacío en el cañón del Colorado, pudo haber resultado cómico de haber optado por la larga secuencia con ellas en la misma escena pero perdiéndose después de la caída, por la Ruta 66…

Realmente son muchos los cierres nunca vistos: Kubrick (El resplandor, 1980), Cameron (Terminator 2: el juicio final, 1991) y Fincher (Seven, 1995), habrían condenado a sus filmes de haberlos incluido. Aunque para desconcertante el opcional de Kubrick para ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú? (1964), con los militares y políticos enzarzados en una guerra… de pasteles. Y hasta se podría mencionar a Stallone que en Acorralado (Pan Cosmatos, 1982) se negó a morir como John Rambo, aunque la escena llegó a rodarse. Ignoraba todavía que así se aseguraba la posterior franquicia… Están también las conclusiones con sorpresa inteligente, que dejan al espectador a cuadros porque nada de lo visto hasta ese momento hacía presagiarlos. Como otra vez Fincher en El club de la lucha (1999), cuando descubrimos que el personaje interpretado por Brad Pitt era realmente una imaginación de Edward Norton. Un director abonado a los cierres impactantes es Christopher Nolan, que ya en su temprana Memento (2000), trama desarrollada en sentido inverso y en la que seguimos al amnésico Guy Pearce, buscando al asesino de su mujer, que quizá sea él mismo… Y no digamos Bryan Singer, para muchos en el top con Sospechosos habituales (1995), con la voz del narrador como clave fundamental. O los de muertos como en El sexto sentido (Shyamalan, 1999), cuando Bruce Willis descubre... su verdad; y en Los otros (Amenábar, 2001), cuando constatamos quiénes son los fantasmas reales del caserón victoriano en la isla de Jersey. Están también aquellos cuyos últimos minutos equivalen a la bandera colocada en un ochomil, como el del coreano Park Chan-wook en Oldboy (2003), realmente asombroso al desentrañar algo inesperado vinculado al muñidor de la venganza. O los que redondean una subtrama personal latente, como el de la lingüista Amy Adams en La llegada (2016), dirigida por ese Denis Villeneuve del que tanto se espera ahora en Blade Runner, y que fue una de las grandes películas del pasado invierno. Y qué decir del nada convencional cierre de Comanchería, el thriller sorpresa del 2016 a cargo de David Mackenzie, con el fugitivo asaltador de bancos Chris Pine y su implacable perseguidor, el ranger Jeff Bridges.

Sin salirse del thriller, están aquellos colofones que la censura española obligó a manipular, uno de los más sonados el de La huida (1972), en la que Sam Peckinpah enviaba a México a los atracadores de bancos, Doc y Carol McCoy.

Pues bien, para su estreno oficial, obligaron a la distribuidora española a insertar un plano congelado final -tomado de la secuencia inicial, con Steve McQueen saliendo de prisión- y un rótulo sobreimpreso indicando su regreso a la cárcel. El delincuente no podía quedar libre para la censura franquista…

Como colofón, el de Blade Runner y los vaivenes de Ridley Scott, que en su versión de 1982 nos quedamos con la duda de si Harrison Ford será un replicante y en el alternativo optaba por vivir. Más tarde, en la Director’s cut de 2007, Scott dio la vuelta a todo el filme como a un calcetín, desenlace incluido… con resultado parta todos los gustos. En octubre se estrenará la esperada segunda parte de esta película, cuyo director, Denis Villeneuve define como «oscura y detectivesca», y sobre la que advierte que será imposible estar a la altura de la primera.

El «top 5» de los mejores finales

Casablanca (1942)

Y eso que el guion se hacía sobre la marcha

Del «siempre nos quedará París», de Rick (Humphrey Bogart) a Ilsa (Ingrid Bergman) al «detengan a los sospechosos habituales», de Renault (Claude Rains): son diálogos memorables en los últimos minutos de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), en el pequeño aeropuerto y entre brumas. Filme mítico del género negro de la Warner -allí se recreó la ciudad colonial- que sobrevive al tiempo. Ambientado en los años 40 de la II Guerra Mundial, su rodaje fue caótico, los diálogos sin pulir y tres guionistas casi poniendo al día el texto a la par de la filmación. Incluso se cuenta que los actores principales ignoraban cómo acabaría la historia.

El padrino (1972)

Un «the end» para una trilogía excepcional

Al Pacino (Michael Corleone), por su responsabilidad en la muerte de su esposo maltratador Carlo (Gianni Russo), con Kay (Dianne Keaton) presente. Esta le pregunta después a Michael, pero lo niega. Cuado ella abandona el despacho que había sido de su suegro don Vito Corleone (Marlon Brando), observa, desolada, como varios lugartenientes besan la mano al nuevo Padrino, su esposo… El Padrino, cumbre del séptimo arte y paradigma del cine de mafiosos sobre la novela de Mario Puzo. Paramount se negaba a que Coppola la dirigiera, pero acabaría llevándose el Oscar a la mejor película e iniciando una trilogía excepcional.

El planeta de los simios (1968)

La estatua de la libertad era la respuesta

Cuando, tomado sobre la playa en una panorámica lateral en picado, vemos como el astronauta Taylor (Charlton Heston) cabalga con Nova (Linda Harrison), mientras aparecen ante él unas ruinas que identifica pero el espectador todavía no. Después, Taylor se arrodilla en la arena y maldice a los simios. Un contraplano nos muestra semienterrada la cabeza de la Estatua de la Libertad. Realmente Taylor nunca abandonó la Tierra. El novelista Pierre Boulle rechazaba esa salida, pero la voluntad del productor Arthur P. Jacobs acabó imponiéndose sobre otros finales. Es todo un clásico del género fantástico.

Con faldas y a lo loco (1959)

Ya se sabe que «nadie es perfecto»

Jerry (Jack Lemmon) responde en el yate a su «enamorado» Osgood (Joe E. Brown), quitándose la peluca: «No me comprendes, Osgood. Soy un hombre», este le responde: «Bueno, nadie es perfecto». Es uno de los diálogos más desternillantes de la gran pantalla. Ambientada durante la Ley Seca (1920-1933), muestra a dos músicos que se ven obligados a ocultarse entre una orquesta femenina, con el consiguiente travestido. Mientras Joe (Tony Curtis) intenta ligarse a Sugar (Marilyn Monroe) Jerry deberá lidiar con el millonario que se cuelga por «ella»… El guion y diálogos son del propio Wilder junto a su inseparable A. L. Diamond.

Viridiana (1961)

Un gol por la escuadra a la censura

Más allá del escándalo que provocó después de ganar la Palma de Oro en Cannes y ser prohibida en España, pese a concursar bajo pabellón español, la secuencia final resulta magistral, y un gol por toda la escuadra a la censura franquista de la época. Se trata de mostrar el trío que conforman la sirvienta Ramona (Margarita Lozano), el señorito Jorge (Paco Rabal) y su «prima» Viridiana (Silvia Pinal), que iba para monja y acaba en seglar. Cuando esta llama a la puerta de Jorge, se encuentra a los otros dos jugando a las cartas y se suma a la partida. Entonces él suelta eso de: «Bien sabía yo que mi prima Viridiana terminaría jugando al tute conmigo».

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