«Me sorprendió que mis padres me felicitaran»

Niña precoz en la música, la descubrimos gracias a «Irlanda» y, tras ganar el Premio Planeta con solo 25 años por «Melocotones helados», se convirtió en la «enfant terrible» de las letras españolas allá por 1999. Acaba de alzarse con el Premio Azorín de novela con «Llamadme Alejandra».

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La aparente fragilidad y ese aire melancólico que desprende Espido Freire (Bilbao, 1974) se evapora como por arte de magia cuando habla con pasión y entusiasmo de sus personajes, del oficio de escribir y hasta de sus propios fantasmas. «Siempre me ha atraído la parte oscura del ser humano, la de la frustración y el dolor», asegura la autora de orígenes gallegos. Escritora y lectora voraz, no le tiembla la voz al confesar que ha superado una profunda depresión de la que ha logrado salir con mucho esfuerzo y que le ha hecho más fuerte. También le ganó la batalla a la anorexia y a la bulimia hace algunos años, un problema, el de los trastornos alimentarios, que abordó en el ensayo Quería volar. Cuando comer es un infierno. «Salí de la anorexia por mí misma, pero fue muy doloroso», asegura.

-Ahora que ya han pasado dos meses desde que ganó la última edición del Premio Azorín con su novela «Llamadme Alejandra», ¿sigue con la sonrisa en la cara?

-Sí. Estoy muy contenta. Cuando me presento a un certamen literario lo hago siempre desde la absoluta humildad, pero con la ilusión y el deseo de ganarlo. Y esta vez al jurado le gustó mi novela y lo conseguí.

­-¿Y cómo le ha caído este premio?

-Con mucha satisfacción. Pero no es un premio para mí, sino para la novela, y eso me alegra enormemente. Para mí, cada premio logrado lo vivo como una gran oportunidad profesional. Lo enfoqué así cuando gané el Planeta, y como me fue bien y sobreviví a aquella revolución, pues sigo con la misma estrategia.

­-De todas las felicitaciones y palabras cariñosas que habrá recibido estos días. ¿Alguna especial? ¿Cuál le llegó más?

-Sí. La felicitación del escritor e historiador Juan Eslava Galán fue más que una palmadita en la espalda. Me llegó mucho. Y por supuesto, la reacción de mis padres, que son muy críticos, me sorprendió muy gratamente. Sus opiniones cuentan mucho, son mis padres.

-Vayamos a la novela. ¿Qué le atrapó de la última zarina Alejandra Feodorovna para escribir sobre ella?

-Mi lazo con este personaje se remonta a cuando tenía ocho años y descubrí en la enciclopedia una fotografía donde Alejandra salía muy triste. Además, me llamó la atención la palabra fusilamiento. Me explicaron que fusilaron a toda la familia el 17 de julio, la fecha de mi cumpleaños. Una gran coincidencia emocional. Por eso, desde entonces, me ha acompañado todos estos años.

-Cuéntenos, ¿cómo era Alejandra?

-Era una mujer rica y guapa, odiada por su pueblo, que la consideraba una extranjera y que aunque lo tenía todo para ser feliz, sin embargo nunca lo fue. En las fotos casi siempre aparecía con gesto de desagrado y la consideraban demasiado arrogante; pero no era así, sino que padecía una timidez casi patológica. Vivió atormentada por la melancolía y se empeñó en salvar a su hijo menor, y todo ello siendo la nieta de la mujer más poderosa del mundo en aquella época: la reina Victoria.

-Una novela que ha tenido un largo proceso de creación. Nada más y nada menos que quince años.

-Pues sí. Podría haber escrito dos libros. Intensos años durante los que he ido investigando y recopilando todo sobre ella, su familia, su vida, su entorno. He revisado fotografías, he leído ensayos sobre Rasputín y otras novelas como La casa del propósito especial de John Boyne, pero me negué a ir a San Petersburgo para preservar intacta la imagen mental que había creado de Alejandra.

-¿Qué sintió cuando puso el punto y final?

-Sueño. Suelo acabar mis obras de madrugada. Soy muy exhaustiva y ordenada. Pero también me invade un sentimiento de alivio y de ciclo cerrado.

-Por cierto, ¿dónde escribe?

-Me intento adaptar. En casa con mis tres gatas rondándome, pero también en un tren, en un hotel.

-¿Y concibe la escritura como una terapia?

-No. Yo hago escritura terapéutica a través de cartas y cuando escribo mi diario, pero eso queda para mi intimidad. Para mí, la escritura es un oficio que se aprende, que requiere mucha disciplina y formación. Soy contadora de historias.

-¿En qué está trabajando en estos momentos?

-Estoy trabajando en una adaptación del Conde Lucanor y además este año me apetece mucho centrarme en la novela juvenil.

-Echemos la vista atrás. ¿Ganar el Premio Planeta con 25 años fue una carga? ¿Llegó demasiado pronto?

-No, en absoluto. De hecho, anteriormente ya había publicado, y con muy buena acogida, la novela Irlanda. El Planeta fue una apuesta que salió bien, una oportunidad de la que aprendí muchísimo y que me permitió viajar, conocer a gente muy interesante y que me ayudó a explorar otros ámbitos literarios como el ensayo y la novela juvenil. En ningún momento supuso una carga.

-¿Ya de niña soñaba con ser escritora?

-Sí. Desde bien pequeña ya inventaba mis historias. Algunos profesores me recuerdan mi entusiasmo por escribir historias sobre el mundo romano. De ahí que mi última novela juvenil, El chico de la flecha, se desarrolle en la época romana y tenga como protagonista a un niño.

-¿Por qué decide hacerse escritora?

-No lo sé. Siempre ha sido así. Crecí en el País Vasco en un momento en el que se palpaba el miedo y donde no se podía hablar con claridad. Pero no existe ningún trauma infantil. Eso sí, fui una niña precoz en la música y en la literatura. Y reconozco que siempre me ha atraído la parte oscura del ser humano, la de la frustración y el dolor.

-¿Cuál es la parte oscura de Espido Freire?

-Mi peor enemigo soy yo. Tengo un temperamento depresivo, con un afán perfeccionista que he tenido que aprender a limar. Creo que mis mayores virtudes son también mis mayores defectos.

-Todos tenemos fantasmas que nos persiguen y nos asustan. ¿Cuáles son los suyos?

-Aunque no he tenido muy buena salud, nunca me ha preocupado. Sin embargo, mis mayores fantasmas están relacionados con el hecho de no saber gestionar bien mis emociones.

-¿Han sido la anorexia y la bulimia unos de sus peores fantasmas?

-Fue una etapa muy dolorosa y difícil para mí, como relato en mi ensayo Quería volar. Cuando comer es un infierno. Yo era muy joven y no sabía lo que me pasaba. Descubrí que estaba enferma cuando leí una revista y vi que mi tristeza y mi malestar conmigo misma, y que asociaba a no comer, se llamaba anorexia. Toqué fondo. Salí de la anorexia por mí misma, pero fue muy doloroso.

-Confiésenos algunas de sus pasiones.

-Por supuesto, la lectura, pero también la arquitectura, los viajes, la moda, la gastronomía y mis tres gatas, a las que adoro. Ofelia, Lady Macbeth y Rusia, que se llama así precisamente por esta novela. Eso sí, el deporte no me gusta nada.

-Una ilusión.

-¿Solo una? Escribir un guion y viajar a Islandia. Llevo diecisiete años intentando descubrir este país y no encuentro el momento. Tras ganar el Planeta, viví un año en Noruega y me entusiasmó. Ahora me queda pendiente Islandia.

-¿Por qué firma sus libros como Espido Freire?

-Son mis apellidos. En gallego, Espido significa desnudo y Freire libre. Espido ya es mi nombre. El anterior ya casi está olvidado.

-En casa, ¿también la llaman Espido?

-No. En casa, soy nena.

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