Echaremos de menos a Coughlin

Es curioso comprobar cómo la literatura de Dennis Lehane (Dorchester, Boston, 1965) tiene temple como para no parecer de este tiempo


Pese a estar sometido a la presión mediática del cine -con el que su figura ha cobrado dimensiones planetarias, especialmente a partir de la adaptación de Mystic River por Clint Eastwood-, es capaz de manejar una escritura sosegada que incluso, a una mirada superficial, podría resultar impropia del noir. A lo mejor tiene que ver con eso que dice de que el género negro es la tragedia shakesperiana de las clases trabajadoras de hoy. Le acaban de dar en el festival BCNegra un merecidísimo premio Pepe Carvalho 2017, coincidiendo con la publicación en España, en el sello Salamandra, de la última entrega de la trilogía centrada en el personaje de Joe Coughlin, Ese mundo desaparecido (2015), que da carpetazo a la serie iniciada con Cualquier otro día (2008) y Vivir de noche (2012).

Que sea una novela templada, dosificada con maestría, no quiere insinuar que no sea igualmente trepidante. Que lo es. ¿O no lo eran los capítulos que armó para las series televisivas The Wire y Boardwalk Empire, la propia Mystic River o incluso la más adrenalínica Shutter Island? El actor Ben Affleck intuyó bien los valores cinematográficos de su obra y ya adaptó Adiós pequeña, adiós y no hace mucho Vivir de noche, que no solo escribió y dirigió sino que no se pudo resistir a interpretar al bueno de Joe Coughlin.

Ese mundo desaparecido es el tipo de narración en el que importa más un buen diálogo, aunque sea interior, de la conciencia, que un manojo de sesos sanguinolentos. Es como una de esas viejas películas de gánsteres, antes del desmadre tarantiniano, en que un balazo mortal era apenas una mancha oscura en la pechera de la camisa. Y es que, no en vano, se trata de los Estados Unidos de la Ley Seca y la edad de oro del jazz. La trilogía comienza con un Joe que rechaza seguir el camino paterno -es hijo de un prestigioso capitán de policía de Boston- y, tras iniciarse con pequeños delitos, prospera en los círculos del crimen hasta convertirse en un capo mafioso, con sus intereses centrados en Tampa (Florida) y en Cuba. Sin embargo, aun en medio de un submundo de extorsión y asesinato, parece que bulle en Coughlin el alma de una buena persona, con remordimientos, la de un hombre implacable pero con propósito de enmienda.

En Ese mundo desaparecido ya dejó, tras algunos errores de cálculo, el gobierno del clan y quiere limitarse a labores de consigliere de la familia. Ambientada en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial, con sus compatriotas luchando en Europa contra el nazismo, él da cínico lustre a su imagen con la promoción de actos benéficos en favor de los padres, esposas e hijos de los soldados fallecidos y mutilados. La responsabilidad de su vástago Tomas y el recuerdo de su esposa asesinada, Emma Gould -que lo cambió decisivamente-, son los pilares de su esfuerzo de redención. Otra cosa son las circunstancias, los avatares del negocio y la organización, que lo empujan tozudamente hacia sus antiguas obligaciones, porque él siempre parece tener soluciones razonables e inteligentes para crisis sobrevenidas y situaciones de alta tensión.

Ese mundo desaparecido es un retrato excelente, a la altura de los mejores, del universo del gánster estadounidense de los años 40, un difícil mundo de las calles que, salvando las grandes distancias, Lehane mamó siendo un niño en un muy duro barrio de Boston. Aquellos tipos rudos de Dorchester y su afilada jerga alientan su talento narrador. Pero, más allá de celebrar su fascinante capacidad para radiografiar una sociedad y una época, que habrá oportunidades de disfrutar, echaremos de menos a Joe Coughlin.

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