Todo Piglia en 40 cajas

La gran literatura quedó huérfana el pasado viernes. Una esclerosis segó la vida del narrador argentino Ricardo Piglia, que hasta hace poco trabajó en sus diarios. Andrés di Tella filmó ese proceso de reescritura y memoria. Esta conversación con el cineasta tuvo lugar antes de la muerte del novelista


Se enteró en la calle de la muerte de Ricardo Piglia [el pasado 6 de enero]. Y le vino a la mente lo que había escrito Bioy Casares en su diario cuando supo de la muerte de Borges, que también lo sorprendió caminando por la calle. «Estos -se dijo- son mis primeros pasos en un mundo sin Piglia». Así lo relataba, aún conmocionado, en las páginas del rotativo argentino Clarín el cineasta bonaerense Andrés di Tella, autor del documental 327 cuadernos, en el que retrata el proceso de reescritura de los diarios del narrador, una película sobre la memoria y la vida íntima del autor de Plata quemada. Di Tella recuerda que le comentó a Piglia -justo cuando este decidió prejubilarse de su docencia en la Universidad de Princeton- que andaba dándole vueltas a la idea de realizar su propio diario filmado; Piglia le contó que su idea era regresar a Buenos Aires a centrarse en escribir y, en particular, retomar un viejo (y trabajoso) anhelo: reunir, ordenar, reescribir, pulir, elaborar los cuadernos que había ido llenando desde 1957 y que estaban dispersos (en sus casas de Princeton y Buenos Aires, en la casa de su hermano...): libretas iguales, de tapas negras de hule, que ocuparán 40 cajas de cartón. Él mismo quería editarlos y publicarlos. Terminaron por juntar sus motivaciones: Di Tella filmaría aquel dietario soñado, pero sería el de Piglia, que por entonces ni había pensado en introducir la mirada, irónica y deformadora, de su álter ego Renzi en los diarios.

Como los diarios, la película -estrenada en el festival de San Sebastián del 2015- funciona como un archivo de vida y tiene hoy el halo de una obra testamentaria, definitiva. Anagrama -el sello de Jorge Herralde que tiene prácticamente toda la obra del argentino en su catálogo- prevé sacar a la calle el tercer tomo: Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida. Todo Piglia está en estos textos, subraya Di Tella, que anota que Ricardo empezó a escribir sus primeras entradas en 1957 empujado por una vivencia traumática, «el exilio», lo llamaba.

EL MITO DE ORIGEN

«El golpe militar de 1955 derroca a Perón. Y el padre de Piglia, un médico peronista, va preso. Está un año en prisión y lo sueltan, pero en Adrogué (hoy un suburbio de Buenos Aires, pero entonces el pueblo a diez kilómetros de la capital donde nació el escritor en 1941) queda marcado. Por ese motivo decide irse y llevar a la familia a Mar del Plata, una ciudad balnearia a 400 kilómetros al sur de Buenos Aires. Y esa mudanza se convierte en el mito de origen». Piglia, con apenas 16 años, «el adolescente, en Mar del Plata, empieza a escribir el primer cuaderno y sin querer se va volviendo escritor; los diarios serán su verdadero laboratorio». Así, ceñirá el primer volumen, Años de formación, a «todo lo que escribe antes de que comenzó a publicar».

Los diarios son el principio y el final. Trabajó hasta poco antes de morir a los 75 años -como consecuencia de la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), enfermedad degenerativa neuromuscular que padecía desde hace un tiempo- en el tercer tomo. Quiso dejarlo listo. Son su legado y encarnarán una de sus cimas creativas, quizá la que más íntimamente lo representa, porque, aunque no evitan la literatura y la reflexión intelectual -sería imposible-, ofrecen su versión más humana, más desnuda.

«Pero no es un querido diario, hoy hice tal cosa. Hay una mezcla de cosas tal cual, como ocurrieron, otras reelaboradas y pequeños relatos que introduce. De pronto tiene apuntes para una clase, el esbozo de un cuento, un relato entero, un encuentro con un gran escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada... Estas últimas son las cosas que más elaboró, se siente que es más la escritura de él. Y están, claro, las conversaciones con Renzi: alguien, que es él, se encuentra con Renzi en un café, Renzi le cuenta cosas, él le pregunta... Es un juego que le permite abordar ciertos aspectos que él no podría contar. Si vos te ponés a hablar de vos mismo, un poco te ponés en pose, tratas de que salga bien el perfil… Si hablo de un amigo con vos, tenemos un amigo en común, ambos podemos hablar de ese amigo, podemos hablar con otra libertad. Pero es que a Piglia le resulta útil inclusive para hablar bien de sí mismo, porque si no no podría. Mediaría un cierto pudor. Le da libertad para ser más… “En la literatura siempre es otro el que habla”, le gustaba decir».

El escritor ha revisitado los diarios de vez en cuando, aunque nunca antes los había leído sistemáticamente. «Él tenía un método -anota Di Tella-: agarraba uno que tuviera a mano, lo abría al azar y encontraba cosas que le evocaban algo de su vida, una emoción, y eso de alguna manera lo usaba en lo que estaba escribiendo en ese momento, como fuente aleatoria». Incorpora así detalles a sus artículos, ensayos, novelas, relatos.

LA FORMA

En una entrada hacia el final del segundo tomo, él mismo se sorprende: «¿Cómo fue que en 1969?, cuando empecé a pasar en limpio los cuadernos, no vi que ahí estaba la novela que quería escribir?». Di Tella retrata en una vieja anécdota este espíritu juguetón, que hace de la vida -incluso de cualquier otro pretexto mucho menos importante- literatura. Fue hace casi treinta años, cuando ambos se conocieron. Él había estudiado Letras, era periodista: «Una vez le hice una entrevista, empezó así la amistad. Hay una larga amistad detrás de este documental. Bien, yo le hice la entrevista y Piglia me pidió que le pasara el texto para ver si tenía que corregir algo. En esa época, era a máquina. Y él al día siguiente me lo devuelve totalmente distinto, un texto completamente inventado, y se publicó en el periódico como una entrevista [ríe], pero era un texto de Ricardo Piglia. De hecho, él después lo retoma y lo incluye en alguno de sus ensayos. Eso me abrió un poco los ojos sobre lo que es la forma, del documental o del periodismo; él hace eso, utiliza la forma del diario o lo que sea para hacer literatura».

Sale entonces Sebald en la conversación y Di Tella pide disculpas y se pone de pie y hace una reverencia. «Para mí Sebald es máxima referencia. Yo siento de pronto que a mí me ha influido más la literatura en mi forma de hacer cine que el propio cine. Y la obra de Ricardo fue para mí muy determinante, desde el primer libro que leí de él, Respiración artificial, que es su gran novela de los años oscuros de dictadura». Y Sebald, hay otros escritores de ese tipo, dice Di Tella, se parece un poco a Piglia. «Crea también un personaje en Los anillos de saturno, quizá mi obra preferida, en la que el narrador empieza diciendo que sale de una clínica en estado alterado. Qué narrador nos espera... [ríe]».

EL FINAL

Piglia tiene conocimiento de que está enfermo en la época del rodaje. Fueron dos años de filmaciones, quedaban de vez en cuando. Además, «la película es sobre todo una película de montaje. De fragmentos de lecturas de Ricardo de los diarios, de su vida cotidiana, de descartes de noticieros, de home movies ajenas, ya que él no tenía grabaciones (y que riman o no con la narración)...», explica el cineasta. Son encuentros muy esporádicos. Se juntaban una vez por mes, quizá dos. «Íbamos improvisando, tanto en la programación de fechas como en los enfoques, contenidos e ideas. Trataba de no hacerme muy pesado y él estaba muy ocupado; vivió un frenesí de actividad en su regreso a Buenos Aires, tuvo hasta un programa de televisión».

Al principio Piglia no sabía. Se va enterando poco a poco. Ocurrió mediado ya el proyecto. «Un día que estábamos grabando, al colocarle un micrófono con cable por debajo de la camisa, él notaba que no se podía desabotonar sin dificultad. “Tengo un problema en la mano”, decía. Fue lo primero que me comentó. Era la izquierda, y él es zurdo, aunque escribe con la derecha porque lo forzaron de niño en la escuela. Tiempo después se reía: “Gracias a que me obligaron, puedo seguir escribiendo”. Para todo lo demás es zurdo. Meses más tarde se habló de la posibilidad de la ELA, una enfermedad degenerativa tremenda. Inicialmente yo no sabía bien cuáles iban ser las consecuencias. Yo de hecho suspendí... Mejor que ahora se trate, medicación, lo que sea. Encontraremos otra forma de resolver la película, me dije. El filme refleja estos momentos. Y aunque es un tema feo y doloroso, inevitablemente aparece. Pero él un día me llama y me comunica que quiere seguir. Me había pasado un montón de estos textos del diario que quería utilizar. Hizo un esfuerzo grande para hacer esas lecturas porque ya estaba con medicación e insistió en ver los materiales de archivo que había conseguido y yo le había comentado».

Piglia no se rinde. Él tiene un espíritu fabuloso, de querer seguir trabajando, de humor increíble, y se ríe constantemente. «Es muy generoso, se da cuenta del impacto que su enfermedad me puede causar a mí, o a cualquiera, y todo el tiempo trata de hacer que te sientas bien. Un día Ricardo me contó que él también había anhelado siempre -como Kafka le confesó en una carta a su amada Felice Bauer, deseaba encerrarse en una cueva solo y únicamente con todo lo necesario para escribir- no tener que salir nunca de su casa, estar encerrado sin otra ocupación más allá que escribir. “Y, mirame ahora, realmente me encuentro encerrado en mi casa. ¡Tené cuidado con lo que deseás!”», le advirtió el escritor para reírse con una muy sonora y contagiosa carcajada.

Luchaba. No iba a darse por vencido. Ya en el tramo final de la película Piglia aparece visiblemente deteriorado viendo el material fílmico como si estuviese verificando el resultado. «Son imágenes emocionalmente fuertes, el paso del tiempo, la enfermedad. Se siente esa fuerza -relata Di Tella-. Es terrible. También lo es la otra escena que quiso hacer sí o sí, en la que aparecería quemando el cuaderno. De enorme fuerza simbólica. Para él tiene un sentido distinto, que no tiene para el espectador, para nosotros. Un cuaderno con un diario de vida ardiendo...».

ANDRÉS DI TELLA

CINEASTA

Di Tella (Buenos Aires, 1958) conoció a Piglia hace 30 años cuando lo tuvo que entrevistar para un periódico. En 1995 hicieron juntos una película sobre Macedonio Fernández. Tiempo después, quiso filmar su propio diario pero acabó rodando el de su amigo Ricardo:«327 cuadernos».

LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI (II).

LOS AÑOS FELICES AUTOR RICARDO PIGLIA

EDITORIAL ANAGRAMA

422 PÁGS. 21,90 EUROS

1968-1975. «Siempre me ha intrigado el modo irreal pero matemático en que ordenamos los días», le dijo Renzi al camarero

LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI (I). AÑOS DE FORMACIÓN

AUTOR RICARDO PIGLIA

EDITORIAL ANAGRAMA

360 PÁGS. 21,90 EUROS

1957-1967. «Por eso hablar de mí es hablar de ese diario. Todo lo que soy está ahí pero no hay más que palabras. Cambios en mi letra manuscrita»

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