El reflejo de 2.000 años de literatura

Andrés Ibáñez recorre veinte siglos de literatura esta reunión de textos con el espejo como reunión inspiradora


El espejo no es un objeto cualquiera. No es un mero cristal pintado de azogue, tampoco un bonito mueble. El espejo es una ventana, una puerta, un consejero, un dedo acusador, una amenaza, un confidente, un túnel en el tiempo, un agujero negro, una vía de huida, la guarida de un fantasma del pasado, una cárcel, un amigo, un lugar de desaparición, una fuente de premoniciones, una herramienta de autoconocimiento, una oportunidad para perderse... Es el reflejo de otro, soy yo, o quizás mi doble. Es un misterio… ¿Quién sabe qué pasa al otro lado del espejo? De hecho, en las civilizaciones antiguas, el espejo era tan oscuro, de materiales de condiciones ópticas tan pobres (piedra bruñida, obsidiana, cobre, oro, plata) que su función era más estimular la imaginación que reflejar, que favorecer el ojo. Esta potencia simbólica del espejo ha dado mucho de sí en la literatura (y en el arte, en general), como atestigua la hermosísima antología de textos elaborada por el escritor Andrés Ibáñez para el sello gerundense Atalanta, en cuya filosofía -la de Jacobo Siruela, que además colaboró con el antólogo- encaja como un guante. Es un recorrido por dos mil años de literatura, desde Ovidio a Borges o Angela Carter, pasando por el texto gnóstico Himno de la Perla, Fray Bernardino de Sahagún, Giovanni Papini, Juan Valera, Walter de la Mare, Chesterton, Virginia Woolf o Danilo Ki?.

El papel de Ibáñez, como músico, poeta, crítico y creador de mundos imaginarios, es fundamental en esta reunión de visionarios, que, de alguna manera, admite en el prólogo, por las limitaciones evidentes del papel y por otros criterios diversos -como evitar los textos demasiado conocidos y que sean todos textos completos, exigencia que por cierto acaba incumpliendo-, se vio obligado a discriminar a autores que le hubiera gustado sumar a este festín como San Juan de la Cruz, Miguel Ángel Asturias, E.T.A. Hoffmann, Alfred Tennyson, Adelbert von Chamisso, Roberto Bolaño, Apuleyo, Antonio di Benedetto o Yeats. Precisamente por ello esta introducción se alarga hasta prácticamente el centenar de páginas -lo que no lamentará el lector-, en las que Ibáñez sirve un delicioso ensayo sobre la materia en el que aborda la presencia del espejo en diferentes civilizaciones, culturas, autores y literaturas y para el que se apoya en la obra teórica y los trabajos de Joseph Campbell, Richard Gregory, Henry Corbin o el historiador del arte lituano Jurgis Baltru?aitis, de quien incluso incluye en la antología la muy curiosa y heterodoxa pieza ¿Son posibles los espejos de Arquímedes?, en donde el autor reflexiona sobre el poder de los espejos y el fuego solar.

Con su combinación de indagación científica y memoria personal, el ensayo de Ibáñez se erige en pieza principal de la antología, que vincula de forma no caprichosa a su propia experiencia, al mezclar las motivaciones del libro con las suyas propias. Así, recuerda cómo se desdibujó hasta no reconocerse en el espejo durante su estancia en Nueva York, adonde, dice, marchó precisamente para encontrar su «verdadero rostro». Este ejercicio es el que juguetonamente recomienda al lector, que debe así ir preparándose para una inmersión en un universo en el que la realidad no es siempre lo que parece y hasta se confunde con los mundos de lo espiritual, lo onírico y lo mágico. Y donde incluso el horror no es una vivencia descartable. Bien lo sabe la audaz Alicia… Quizá tras estas fascinantes lecturas, el lector, como Ibáñez, empiece por fin a encontrarse con su verdadero rostro en el espejo.

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