Se acabaron las excusas, empieza el curso. Es tiempo de nuevos y fundamentales propósitos. Como aquellos que dejamos inconclusos el 2 de enero. Como aquellos que, a buen seguro, volverán a ser incumplidos la semana que viene. No importa. La cuestión es dotarse de referencias y objetivos para lo que se avecina, que no es poco. Un tedioso otoño y un cansino y perenne invierno.
Se acabaron las concesiones, las alegrías y las excentricidades. Ya no deslumbra el lucerío, ya no retumban los tambores. El sonido de la verbena se confunde ahora con el del vetusto carrusel que se aleja huyendo de la tormenta.
Y todo ello tiene reflejo, claro, en nuestra agenda, que se retuerce en sus entrañas acostumbrada como estaba a las festivas enchentas estivales.
Septiembre nos devuelve a la que será nuestra cotidiana realidad, a la programación nuestra de cada día, al sota, caballo y rey. No es un mes fácil, no. Las salas aún acusan el resacón veraniego y echan en falta la horda estudiantil que teñirá de pueril júbilo el mes de octubre. No merece pues la pena complicarse ahora la caja con inciertos conciertos.
Por otra parte, concellos e instituciones aún se desperezan a ritmo funcionarial del sacrosanto parón estival. Mejor programamos en octubre, es el lema.
Así que, mientras tanto, y negando al bueno de Josele, lo que nos queda es vendimiar.