Infancia, adolescencia y juventud: con mimbres que en manos de otro escritor daría lugar a una convencional historia de iniciación, Antonio Paniagua (Madrid, 1966) arma tres relatos emparentados, los tres que abren el volumen Un abrigo con hombreras, que ofrecen una mirada personalísima sobre el hecho de crecer. Una poderosa voz narradora se recrea en los minúsculos pero imprescindibles detalles -los que otorgan la verdad literaria a una historia- de una familia con un padre cojo, una madre dominadora y a la vez sobrepasada por los cuidados de una hija discapacitada a la que también atiende el narrador. Las páginas son un vivo retrato de lo que supone hacerse adulto en una ciudad hace cuarenta años y también ahora, porque los relatos tienen la virtud de transportar en el tiempo y a la vez singularizar lo que permanece inmutable: la inseguridad, la imitación y envidia de los pares, el amor obsesivo y no correspondido, la ilusión liberadora de la universidad y la consiguiente decepción. Esa imposible mezcla de brutalidad y sentimientos. Como dice el narrador: «Todo adolescente, es ley de vida, se deshiela a salivazos».
El libro se completa con una veintena de relatos, ya de extensión mucho menor, que exploran otro universo personal, el de las fabulaciones del autor, que van desde la condición del héroe clásica en los tiempos de las consolas a las extracciones molares y auríferas nazis: igualmente fascinante.
Un abrigo con hombreras. Relato. Antonio Paniagua. Baile del Sol. 190 páginas. 10 euros