¿Por qué no ir solo a los conciertos?


Año 1996. Un fan coruñés de The Stone Roses avista la posibilidad de verlos. Tocaban en el Festival de Benicasim. Mil kilómetros de distancia. Entonces el FIB era otra cosa. Apenas iban 6.000 personas. Aquel chaval de 19 años no tenía amigos indies. Tampoco coche, ni mucho dinero. Localizó una empresa que organizaba viajes en bus. Salía de Santiago para toda Galicia. Juntó lo ahorrado de su curro de camarero. Pagó entrada y viaje. A mayores, 5.000 pesetas prestadas. Iba solo. Conoció a unas ourensanas en el bus. Serían las vecinas de cámping. Vio a The Stone Roses. Desastre. También a Jesus & Mary Chain. Flojos. Pero se quedó obnubilado con Dominique A y unos Stereolab ma-ra-vi-llo-sos. En su tienda acabó un montón de gente. Poco durmió. Adelgazó cinco kilos. Y retornó con la sensación de traerse la experiencia de su vida.

 Ese chaval era yo. El mismo que, bastante más mayor, acudía sin quedar con nadie a  ver a Los Eskizos en el Mardi Gras el sábado pasado. O el que el martes se metió en la pista del Coliseo con Sting en solitario. Pronto aprendí que la compañía no puede ser un requisito imprescindible si te gusta la música. Me da pena cuando escucho a gente que rechaza ir a un concierto por el pánico de la soledad. A veces incluso es el mejor modo de disfrutarlo. Pero, sobre todo, el de no limitarse y perderse grandes momentos.

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