Vale que la pasada década quedara marginada porque no era fácil identificarla. Es cómodo citar los 70, los 80 o los 90, pero ¿cómo citas los 00? Tampoco es muy natural recurrir a los 10, así que es de prever que la década presente tampoco tenga un reconocimiento significado en los anales enciclopédicos musicales del futuro. No faltará quien achaque semejante ausencia a cuestiones semánticas. Pero será una burda simplificación de una realidad bastante más compleja.
Desde el punto de vista cuantitativo nunca hasta ahora habíamos tenido acceso a una oferta musical semejante. Paradójicamente, o quizá por ello, el siglo XXI está pasando desapercibido en lo que se refiere a referentes consolidados, a iconos con trazas de perdurabilidad. ¿La mejor prueba? Los cabezas de cartel de los principales festivales. Un permanente déjà vu digno del día de la marmota.
No siempre fue así. La semana pasada se conmemoró el 30 aniversario de la publicación del primer disco de The Clash. Un disco trascendental en lo musical, en lo estético y hasta en lo social. Un disco que no ha perdido un ápice de vigencia, de frescura, ni de rotundidad. Reescucharlo ahora aún reconforta.
Sin ánimo de ofender en exceso, no hablo ya de dentro de 30 años, sino de una docena, ¿alguien recordará quién era y qué hacía, como decía el gran Chinarro, «ese tal Romeo»?