La danza, una pasión contagiosa

MAR GIL OURENSE / LA VOZ

FIRMAS

Santi M. Amil

08 ene 2015 . Actualizado a las 13:20 h.

Tal vez muchos, o casi todos, lo desconozcan, pero esta chica menuda que pasea el nombre de Ourense y el de Galicia por los más selectos escenarios de la danza mundial fue miembro del primer grupo de cheerleaders que animaron las canchas ourensanas del baloncesto. «Nos sentíamos estrellitas, con los jugadores haciéndonos pasillo», recuerda entre carcajadas Maruxa Salas, ourensana del 81.

Es una anécdota que hoy la hace reír pero que dice mucho de su personalidad y de su vocación, matiza Miriam Rodríguez (Ávila, 1961), su primera -y entrañable, y decisiva- profesora de danza: «Maruxa era muy perfeccionista ya de pequeña y se apuntaba a cualquier iniciativa que surgiese en el estudio. Del Coren de baloncesto querían cheerleaders y hablaron con nosotras; se podían apuntar a partir de los 13 años y allí estaba ella..., como también estaba para ir a actuar a un colegio en As Conchas, por ejemplo. Para todo lo que tuviera que ver con la danza era la primera en ir».

«A mí me apasionaba -revive Maruxa sentada, de nuevo, junto a la profesora que la guió de los 4 a los 18 años-. Yo quería hacer patinaje sobre hielo pero, como aquí no había, mi madre hizo una aproximación y, como una compañera del cole, iba a ballet, dije que también quería ir». Y así fue.

«Yo odiaba ir al Conservatorio, solo quería venir a ballet. Cuando eres pequeña todo es importante y, si tienes un maestro, como Miriam, que te enseña el gusto por algo y te contagia esa pasión... Mi grupo estábamos todas como locas, pasábamos aquí las horas que hiciese falta. Le hacíamos fotos y regalos a Miriam... Es un grupo con el que no he perdido la conexión. Éramos amigas amigas, ¡a muerte!».

El Selectivo, en segundo plano

Y Miriam... «Miriam era el ideal; yo quería ser como ella: súper apasionada, súper exigente pero contagiando las ganas por bailar, por esforzarse con sus pequeños retos de técnica. Para mi carrera artística fue súper importante tener a alguien así desde mis inicios. La danza es su vida y eso nos lo contagió a mí y a todo el grupo».

Esa inmersión vital y pasional en la danza distanció a Maruxa del camino educativo oficial: «COU y Selectividad los hice buffff porque a mí me iba la danza. Lo importante aquel año era la función de fin de curso, El lago de los cisnes, no el COU ni la Selectividad». Lo mismo sentiría a partir de ese momento en todas sus decisiones formativas.

Decidió irse a Madrid, con el apoyo, no sin temores, de sus padres, para continuar sus estudios de danza. Se matriculó también en Derecho -tributo a la familia- pero no pasó de aprobar dos materias porque su camino profesional empezó a delimitarse con absoluta claridad: «Hubo un momento en que mis padres vieron que me iba bien en la danza y yo estaba agotada, así que dejé Derecho». Fue el último gran paso para el cambio definitivo.

El primero lo dio al lado de Miriam Rodríguez, una abulense-madrileña asentada en Ourense por matrimonio.

«Maruxa -cuenta- era de las niñas a las que les ves que tienen un gran amor a la danza. Eso sí que lo ves: son muy disciplinadas, muy trabajadoras... Esas cositas se van notando aunque a esas edades no puedas decir de aquí va a salir una gran bailarina. Pero sí que era muy perfeccionista desde pequeña, se apasionaba con cada paso que le enseñaba y quería hacerlo bien; eso lo llevaba a rajatabla. La recuerdo también alegre, aunque no la típica de hacer bromas, y muy amiga, muy compañera; enseguida ayudaba, daba, prestaba...».

maruxa salas y miriam rodríguez